Apuntes para una novela

NUna ciudad de provincias. Escenario imperturbable en el que se ha detenido el tiempo, a la espera de una representación (¿drama, comedia?) que nunca tendrá lugar.

Días idénticos a los centenares y miles que les precedieron, el mismo paisaje urbano: jubilados, amas de casa, talleres, un supermercado, bares, fútbol televisado.

N. pasa desapercibido como todos, como todo.

En su habitación, los libros ocupan la mayor parte del espacio. N. se sumerge  en la lectura como en un deleite prohibido. Nunca se va a dormir antes de la una de la madrugada y se levanta con la primera llamada a misa del campanario de una iglesia cercana. La ventana del cuarto da a la calle principal. Concurrida a mediodía, apenas se ve a nadie después de ponerse el sol.

biblioteca-personalA menudo, N. viaja con la imaginación, espoleado por las historias que lee; siente deseo de vivir las experiencias de aquellos personajes con quienes se identifica. El desasosiego de los grandes escritores – en general, no se muestran demasiado satisfechos con la vida que les tocó vivir- le reconforta. En una libreta de notas, apunta las frases que juzga más relevantes, por su sabiduría y profundidad: “Me siento como el reflejo de un hombre en el agua”, “Lo verdaderamente importante aún no ha empezado”, “Lo esencial es invisible a los ojos”, etc.

Anhela, en secreto, dejar atrás su opresivo entorno, construir, en otra parte,  algo parecido a una existencia gratificante, sobre las cenizas del tiempo malgastado. Le complace imaginarse el futuro como una hermosa ciudad adormecida bajo el sol, a la que un día llegará, tras un largo camino.

En su memoria vive un nombre, un rostro.

mujer abrigo rojoCoincidían casi a diario en las escaleras de un edificio de oficinas; ella era mecanógrafa en una Notaría—2º piso–; él, pasante de abogado (aprendía y practicaba a la vez), iba por allí a efectuar algunos trámites. Intercambiaban saludos; después, unas cuantas frases, hasta el día en que, sin proponérselo, ensimismado en la conversación, la acompañó hasta su casa. El trayecto era largo y eso le agradaba… y, por lo visto, también a ella. Si hacía frío (seis meses al año), ella llevaba un abrigo rojo, guantes y un gorrito de lana. Hablaban de literatura (afición que compartían). A veces, su estimulante conversación continuaba en el portal (les daba la impresión de haber llegado más pronto de lo que esperaban).

Un día, ella le anuncia que su familia se traslada a la capital. Él tiene pensado hacer lo mismo, en cuanto sea posible, pero no se lo dice: será una sorpresa.

Con ese objetivo, firma muchas solicitudes y llama a muchas puertas. Todo el mundo está de acuerdo en que N. es un hombre simpático y eficiente, pero esa impresión general no da lugar a ningún cambio positivo en su status, tal como hubiera sido dable esperar.

Ajeno al desánimo, N. realiza sus actividades puntual y metódicamente. De vez en cuando –siempre por razones de trabajo-  se desplaza a algunas poblaciones vecinas. Una noche, en el tren que le lleva de retorno, un hombre que viaja con un escuálido perro, dormido a sus pies, dice: Éste sí que lleva una vida de perro… ¡y nunca se queja!

N. ha cumplido 41 años.

Cada vez piensa menos en la chica del abrigo rojo y en su propósito de buscarla cuando, por fin, consiga un trabajo en la capital.

Transcurre el tiempo y N. permanece en la misma ciudad, tosca y provinciana, de su juventud, aguardando la oportunidad de marcharse, que nunca se presenta, debido a motivos de la más diversa índole. Recuerda la frase de un autor al que ha estado leyendo hace poco: “después de todo, quizá la vida sea únicamente algo que les pasa a los demás”. Y ese pensamiento no le atormenta.

Aborrece el vacío y la inercia de los días festivos.

iglesia romanicaUn domingo de abril, para ocupar las horas de la mañana, va hasta un monte cercano (ha estado allí otras veces). Un paseo que permite disfrutar del aire del campo. En la cima, se alza una iglesia románica, ocasionalmente abierta al culto. Aquel día se celebra  alguna conmemoración religiosa, sin duda, pues el lugar está muy concurrido. Incluso el cura, después de misa, se mezcla entre los parroquianos que llenan la explanada de la capilla. Hay puestos de productos regionales y una orquesta, que anima el ambiente.

Retorna a pie, como de costumbre (le agradan los trayectos largos).

La primavera ya se anuncia en los almendros en flor que orillan algunos tramos del camino.

Recurrencias

1

Las heridas del cuerpo dejan su huella en la piel; todo lo contrario que las del alma, ajenas al proceso de regeneración natural de los tejidos. No las causan las armas, del tipo que sean, ni los golpes, sino los sentimientos, las vivencias, los tropiezos –a veces desafortunados- con la realidad de las cosas.

PupitreLa memoria juega un rol determinante en su persistencia (somos memoria y poco más).

Un paisaje, un determinado color, el inexorable paso del tiempo, contribuyen poderosamente a revivirlas, muy a nuestro pesar, como una racha de viento que esparce las hojas dormidas.

El patio de recreo, bajo la lluvia, refleja mortecinamente las luces del aula. Los alumnos siguen las explicaciones del profesor desde sus pupitres desgastados. Un cuaderno, abierto por la última página, reproduce una y otra vez el mismo nombre, trazado amorosamente en letras de un  idioma extranjero.

Una ciudad abierta y populosa, de aire límpido y suave brisa.

avesEn lo más alto del cielo, una bandada de aves migratorias atraviesa el infinito azul.

Torres de castillos o fortalezas se vislumbran en la distancia.

Debajo de los puentes fluyen, lentas, las aguas del río.

Una casita de dos pisos, en una calle tranquila, junto a un teatro y a un puesto de periódicos.

La imagen de una antigua película, congelada en la desnudez de una pared: un hermoso rostro lacrimoso, como el de una madonna, contempla un incendio lejano.

2

La total ausencia de opciones no es una opción, en sí misma, sino una incuestionable desventaja. La falta de carácter para afrontarla hace el resto.

EstacionSi el azar, bajo sus mil caprichosos lances, no ha intervenido en alguna medida, por escasa que sea, aportando alguna circunstancia favorable, la vida puede terminar asemejándose a una estación de tren, abandonada hace ya mucho tiempo, desde la que no se va a ninguna parte.

Podría afirmarse entonces que aquel jugador sin fortuna no acertó en la elección de su camino. Y que tan sólo, de vez en cuando, a través de sus vivencias más intensas, logró aproximarse fugazmente a la luz.

Entre amigos

Pushkin

Pushkin

Cierto marido agraviado, retó a duelo a Púshkin.

Dicho sujeto, lamentablemente, no erró el disparo, aunque no por ello perdió los cuernos. Púshkin es una gloria nacional y la gran referencia literaria del romanticismo ruso.

Gogol

Gogol

Gógol daba largos paseos por San Petersburgo.  A menudo se detenía a contemplar las frías aguas del Neva, en cuyas profundidades habitaban las almas de los siervos,  que no conocerían la resurrección.

Dostoievski llevaba en su rostro la huella indeleble de su paso por La Casa de los Muertos.

Chejov

Chejov

El estreno de La gaviota, de Chéjov, con Olga Knípper en el rol de Nina Saréchnaya y dirección del mismísimo Stanislavski, fue un fracaso. Como suele acontecer con frecuencia, el público no supo estar a la altura del autor. Más de cien años después de su fallecimiento, Chéjov  goza de una envidiable vitalidad; sus dramas se representan en medio mundo, traducidos a numerosos idiomas. Aquel hombre discreto y genial, con aspecto de profesor de escuela, dio vida, en el escenario, a la pequeña burguesía rural finisecular –clase social parasitaria, en el ocaso de su mediocre e irrelevante existencia—a través de una mirada crítica y compasiva a un mismo tiempo, propia de los grandes humanistas.

El telón del Teatro del Arte, en Moscú, reproduce la figura de una gaviota en pleno vuelo, homenaje a la que es, quizás, su pieza más representativa.

Ostrovski

Ostrovski

Nikolái Ostrovski murió a los 32 años, paralítico y casi ciego, a causa de una enfermedad neurológica, precisamente cuando la nueva vida por la que había luchado daba sus primeros frutos. Su novela Así se templó el acero dejó constancia de su breve y atormentado paso por el mundo, y se convirtió en el libro de cabecera de una juventud idealista y generosa, que se sintió identificada con el protagonista, su coraje y sufrimiento y, sobre todo,con su férrea voluntad de superación, incluso en las circunstancias más extremas, como lo ilustraba la propia vida del autor. El paso del tiempo hizo de Así se templó el acero un clásico de la joven y vigorosa literatura soviética.

Mayakovski

Mayakovski

Mayakovski fue sublime y excesivo. Cuando la vida se le antojó un traje demasiado estrecho, se deshizo de ella. Es decir, la vivió con plenitud, pero no la sobrevivió. Escribió poesía de vanguardia, maravillosos poemas de amor (dedicados a Lili Brik), estrofas fulgurantes, comprometidas,en consonancia con los tiempos que corrían - Acercaros a mí todos los que sufrís por no poder desatar los nudos que impiden la llegada del mañana-y consignas revolucionarias, como la celebérrima Tiene la palabra el camarada Máuser.

La estación del metro moscovita que lleva su nombre es semejante a un salón en el que muy bien podría celebrarse un baile de gala.

Makarenko

Makarenko

A.S. Makarenko fue pedagogo, es decir, forjador de almas, orfebre espiritual. Transformó (como  “el soplo del Espíritu sobre la arena”) desechos humanos –vagabundos, delincuentes, huérfanos, futura carne de hampa—en elementos útiles a la sociedad, en hombres y mujeres capaces de forjar nuevos horizontes. Salvó a toda una generación, condenada a una existencia marginal y miserable, haciendo germinar en ella el sentido de camaradería y generosidad, y los ideales éticos que ello implica. Sus novelas autobiográficas El poema pedagógico y Banderas en las torres testimonian la siembra y la cosecha llevada a cabo con inestimable vocación de sacrificio, y en tiempos ciertamente difíciles, por este educador ejemplar.

Gorki-2Máximo Gorki, nómada, poeta, combatiente y piedra angular del realismo social. En contacto con la realidad más atroz y descarnada, desde su niñez, se graduó, por méritos propios, en la dura escuela de la vida. La trilogía autobiográfica, de imprescindible lectura,  Infancia, Por el mundo y Mis universidades recoge fielmente el legado vital y literario de este inmenso escritor.

 

Una vieja guerra

A propósito de la novela El charanguista de Boquerón, de Adolfo Cáceres Romero

Entre los episodios más dramáticos de la Guerra del Chaco, que enfrentó a Bolivia y Paraguay (1932-1935), la denodada defensa y posterior caída del fortín Boquerón,  ocupa un lugar destacado en la historia de ese conflicto bélico, por las especiales circunstancias en las que se libró una batalla de tintes casi homéricos: algo más de quinientos efectivos bolivianos  –sin víveres, munición ni refuerzos—  resistieron durante veintiún días, en desigual y desesperada confrontación, el tenaz asedio de un ejército bien pertrechado, que contaba aproximadamente con diecisiete mil combatientes.

batalla-de-boqueron[1]El número total de bajas se estimó en cuatro mil (muy superiores en el bando paraguayo, pese a la manifiesta diferencia numérica entre atacantes y defensores). Por parte boliviana, alrededor de doscientos supervivientes fueron hechos prisioneros, y empleados luego en trabajos forzados hasta la finalización del conflicto.

Uno de ellos se llamaba Víctor Jiménez (el charanguista del título), músico por don natural, defensor de Boquerón,  cautivo durante dos años en suelo paraguayo, prófugo y, finalmente, músico ambulante por tierras de Argentina y Bolivia. Respecto a este tipo de personajes se suele decir que vivieron una vida “de novela”. Sin duda, así lo entendió el autor y lo hizo protagonista de su libro.

Tras una exhaustiva documentación (enriquecida por numerosos testimonios orales) Cáceres Romero no se limitó a escribir una crónica “histórica”, a la manera convencional, aportando algún que otro dato inédito y poca cosa más. Al contrario, convirtió ese valioso material en una narración áspera y vertiginosa, en la que se suceden ardorosos combates, escaramuzas mortíferas, enfrentamientos cuerpo a cuerpo, sobre un lodazal de sangre, entrañas desparramadas y huesos rotos, bajo un sol inclemente; pesadilla dantesca de ruido y muerte, atravesada por gritos de agonía y voces que suplicaban el tiro de gracia que pusiera fin al tormento de unos cuerpos irreparablemente mutilados que, sin embargo, parecían aferrarse a la vida con porfiada tenacidad.

148839_3_30Con ecos de El fuego, de Henri Barbusse (espeluznante crónica de la Gran Guerra en el frente francés), el primer tercio de la novela posee sobrados méritos para figurar entre las mejores páginas de la literatura boliviana referida a la contienda del Chaco, como Sangre de mestizos, de Augusto Céspedes, Laguna H3, de Costa du Rels, o la imprescindible Masamaclay, de Roberto Querejazu Calvo.

Narrativa realista en la plena acepción del término, con implicaciones sociales y políticas, propias de la novela boliviana posterior a la guerra del Chaco, que manifestaba una justificada acritud respecto a la estrategia del Alto Mando del Ejército, que condenó a miles de combatientes a una muerte segura.

CaceresDistinguido como Ciudadano meritorio del país por el gobierno nacional el año 2009, Adolfo Cáceres Romero pertenece a la denominada “generación del 37”, junto a escritores de la talla de Renato Prada Oropeza y Jesús Urzagasti,  cuya obra, en general,  es insuficientemente conocida por los lectores de hoy.

Desde los inicios de su carrera literaria (1960-1970), Cáceres Romero fue acreedor a numerosos premios (Fundación Edmundo Camargo, Erich Guttentag, etc.) Autor de cinco novelas y siete libros de relatos, publicó también ensayos y obras de consulta (Nueva Historia de la Literatura Boliviana (3 volúmenes), Diccionario de la Literatura Boliviana, Antología de la Poesía Boliviana del Siglo XX (edición bilingüe español-francés) y dos volúmenes de poesía y narrativa en lengua quechua.

El charanguista de Boquerón fue galardonada con el Premio Nacional de Novela “Marcelo Quiroga Santa Cruz”, correspondiente al año 2013.

Back In the USSR

Dedicado a José Luis Unibaso Ansoleaga, “Pablo”

 1

Jose Luis Unibaso

José Luis Unibaso y el crucero soviético “Aurora”

Mi pueblo natal, Leoia, en Vizcaya, ha quedado atrás.

Y todas mis posesiones materiales, de las que prescindiré durante algún tiempo: un lecho, libros, carteles, una sufrida máquina de escribir…

El viento me lleva hacia un sueño que sólo se vive despierto.

Es tiempo de descanso.

El merecido recreo del obrero.

Lluvia de primavera sobre el acero templado.

2

Apretones de manos.

Palabras de bienvenida.

Camaradas, antiguos y nuevos.

Muchachas de tez nacarada  prodigan besos y abrazos que nos contagian la pureza del amanecer.

3

Domingo de mayo. La ritual comida campestre.

1978 Lenin

Estatua de Lenin en el Kremlin

Luz, aromas, colores.

Una mesa bien provista, bajo la arboleda.

Doy un paseo por la orilla del río y ocupo después el asiento que tengo reservado.

Las notas de un acordeón serpentean en el aire.

Voces femeninas, dulces y cálidas como puñados de trigo, entonan alegres melodías.

Comemos despacio.

Bebemos con parsimonia.

Y conversamos.

Antiguos y nuevos camaradas, reunidos.

La fe es nuestra casa común.

Se respira, junto al olor del bosque, la eternidad, comparable a un árbol invisible, cargado de frutos y de canciones.

4

Quien sólo vive de sueños, tiene miedo de despertar. De perecer, en la oscuridad y el anonimato,  como las bestias de la selva, condenadas únicamente a luchar por la supervivencia.

Por el contrario, quien vive un sueño convertido en realidad, no abriga ningún temor. En paz o en guerra, su muerte no será una más, porque un hombre íntegro continúa existiendo en el alma de la colectividad que contribuyó a forjar. Está destinado a dejar huella. En esta vida, y en la de los que le sobrevivirán.

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worker comunist

El obrero y la campesina

Cedo a la tentación de regalarme una breve siesta y me tiendo a la sombra de un árbol. El sol se filtra entre el ramaje y llega hasta mí dulcemente, como el abrazo de una novia.

Una manzana cae a tierra, madura, espléndida, como un regalo del cielo. La contemplo unos instantes, acariciándola, y me la llevo a los labios.


6

Desde la tribuna de honor, el panorama es inaudito, esplendoroso.

Banderas en las torres se agitan al viento; cual llamaradas, incendian el paisaje, multiplicando por doquier el símbolo imperecedero de la patria.

Una abigarrada multitud saluda con la mano.

Sones marciales se elevan a lo alto, como salvas de artillería, y una caravana interminable de armamento pesado se desplaza ante nosotros con poderosa cautela.

Le suceden regimientos de jóvenes soldados que marchan como un  solo hombre y muchachas de uniforme, luciendo en el cuello un flamígero distintivo, la luz del cielo reflejada en sus pupilas.

Todos se incorporan y aplauden.

Mi corazón se funde en una jubilosa fragua de esperanza y poderío.

Las flores depositadas en el altar patrio forman una fresca y olorosa alfombra. Honran el dolor de las madres, esposas, hijos y novias cuyos seres queridos no regresaron del frente. En el invierno de aquellos días infaustos, se fundieron con la nieve y enriquecieron el caudal de los ríos.   El nombre de los caídos se convirtió en mármol y estrellas.

7

Kremlin_Clock_tower_at_night

La estrella roja sobre el Kremlin

Muy tarde, cuando ya hace mucho que la noche ha tomado el relevo del gran día que acabamos de vivir, camaradas, antiguos y nuevos, aún conversamos a la luz de la luna.

Antes de retirarme a descansar, desde mi atalaya ciudadana, dirijo una mirada a la gigantesca urbe que duerme, y que semeja un apacible océano de luces, resguardado por la silueta colosal de sus cinco rascacielos de granito, rematados por estrellas de cinco puntas, cuyo indeclinable fulgor se eleva hacia el firmamento.

Space monument

Monumento espacial

Estrellas rojas, estrellas-centinela, guardianas de la patria venerable.

En sueños, como otras veces, contemplo una blanca vela que boga en un horizonte pintado de azul cobalto. Desciendo por el acantilado, hasta la playa y, sobre la arena, aguardo tranquilamente a que se aproxime a la orilla.

El recreo del académico

Renato-Prada-en-la-UNAMRenato Prada Oropeza (1937-2011), fue el primer escritor boliviano que obtuvo en Premio Casa de las Américas (La Habana, 1969), por su obra Los fundadores del alba, que ganó, ese mismo año, el “Erich Guttentag” a la mejor novela nacional, en Bolivia.

Autor de siete novelas, ocho volúmenes de cuentos y dos libros de poemas, su curriculum académico es aún más destacado, si cabe: doctorado en Filosofía (Roma, 1972) y en Lingüística (Lovaina, 1976), fue investigador y profesor de Teoría Literaria, hermenéutica y semiótica, durante más de tres décadas, en las universidades de Xalapa y Puebla (México), y publicó un total de quince libros de su especialidad.

El año 2009 seguía en activo, con el mismo entusiasmo por transmitir sus conocimientos que al inicio de su carrera docente. Por desgracia, una gravísima enfermedad le apartó de la cátedra. 2010 fue un año aciago, y también buena parte del siguiente, hasta su deceso, en la primera semana de septiembre del 2011.

Su extraordinaria calidad humana e intelectual permanece en el recuerdo de quienes le conocimos, su talante bonachón y su sentido del humor… Y, cómo no, su declarado amor por las maravillas pictóricas y arquitectónicas de la Italia renacentista, repartidas en incontables ciudades, grandes y pequeñas, que Renato llegó a conocer a la perfección, durante largas y sosegadas visitas (muchas de ellas, en compañía de su amigo del alma, Fabio Sesti, profesor de Bellas Artes,  auténtico erudito en su materia, con quien compartió tres decenios de inquebrantable amistad.

El objeto de esta tardía reseña se circunscribe a dos novelas cortas, publicadas con carácter póstumo: El tercer asesino y Hotel Taj Majal, simples “divertimentos” sin propósito específico, escritas al azar de la imaginación. (Un narrador, a fuerza de serlo, se acostumbra a jugar con las palabras).

El tercer asesinoEn El tercer asesino (novela policiaca o algo así), se dan cita delincuentes de “cuello blanco” (también de los otros), un gobierno “democrático” que trabaja únicamente en beneficio propio, tráfico de influencias, niditos de amor para Vips y hasta un cura pederasta, representativo, es de suponer, de la deleznable fauna que parece gozar de impunidad en esta vida y también en la próxima (si bien es de esperar que allí se aburrirá de lo lindo, pues, según se dice, los ángeles no tienen sexo).

En suma, un pasticiaio (embrollo) en tono menor que, ciertamente, no pretende emular al ya famoso de Via Merulana; en todo caso, un guiño de complicidad por parte del autor, dada la incondicional admiración que Prada profesaba por la novela-experimento de Carlo Emilio Gadda.

Hotel Taj MahalHotel Taj Majal evoca, en sus inicios, una de las novelas emblemáticas de Prada (El último filo, 1975) a través de un personaje atrapado en una sucesión de impredecibles acontecimientos, si bien pronto se decanta hacia una narración sin trasfondo críptico. El protagonista no es Rulfo, precisamente, sino, tan solo, el “profesor”, que llega a México DF el día en que un terremoto siembra caos y desconcierto en la capital federal. Pese a este contratiempo, consigue alojarse –tal como lo tenía previsto-, sano y salvo, en el hotel Taj Majal (haciendo honor a su nombre, sus lujosas instalaciones irradian un inequívoco aire “oriental”).

Se le asigna una habitación en la quinta planta; algo más tarde, una pasajera, Laura, ocupa una estancia contigua a la suya. Ajena al boato que la rodea, la chica se interesa por recabar información respecto al congreso académico que tendrá lugar en los próximos días y, en especial, al paradero de uno de los asistentes… Se trata precisamente del “profesor” que acabamos de conocer, a quien, sin sospecharlo, Laura tiene puerta de por medio o, dicho de otro modo, casi al alcance de la mano.

Éste, a su vez, intrigado por las idas y venidas de su vecina –y aprovechando una de sus numerosas ausencias- se cuela en su habitación, en la que encuentra el diario de Laura. Empieza a leerlo, por encima, hasta que la perplejidad se apodera de él, al reconocerse en los acontecimientos descritos: años atrás, Laura había conocido a un joven estudiante de Filosofía, de quien estaba enamorada; no obstante, por motivos de estudio, el chico había tenido que viajar al extranjero. Desde entonces, no había vuelto a tener noticias suyas. Cierto día, recorriendo un museo londinense, Laura encontró casualmente a una antigua amiga (de ambos), enterándose que el muchacho era, en la actualidad, un prestigioso catedrático y que, próximamente, participaría en un congreso internacional de su especialidad, a celebrarse en México DF. Ilusionada ante la posibilidad de verlo, Laura llega a la capital el mismo día en que el seísmo pone todo patas arriba. El “profesor” se sume en atropellados y contradictorios pensamientos, determinando, por fin, que lo más razonable era aguardar a que Laura regresase al hotel, anticipando que su sorpresa sería tan grande como la suya, aunque… ¿Y si ella no resultaba ser quien él pensaba o –peor aún- él era otro, distinto a quien ella anhelaba ver?

¿Estamos ante la metáfora del “laberinto fundacional” (la búsqueda de sí mismo) o, por el contrario –como lo adelantábamos- todo consiste simplemente en la broma de un narrador habilidoso y socarrón?

On & off

chilling-in-manicomioEl profesor y yo damos un paseo todas las mañanas, a la misma hora. No formula preguntas ni toma notas, como al principio. Poco a poco, nuestras conversaciones se han instalado en la confortable volatilidad de lo banal. Hizo el doctorado en París, es seguidor del Sporting de Lisboa; a mí me agrada Sandra, la cantante pop alemana, las novelas de viajes, el otoño… Cualquiera vería en nosotros a dos buenos colegas, de no ser por su impecable bata blanca y mi impersonal uniforme de residente.

Caminar en círculos no conduce a ninguna parte.

En medio de una sociedad alienada en la que la mayoría de las personas son mezquinas, vulgares –incluso repulsivas- tienes que encontrar tus propias razones para vivir.

Todo individuo es imperfecto, limitado, incluidos tú y yo. Nadie nace exento de los condicionamientos derivados de factores ajenos a su voluntad:  raza, sexo, lugar de origen, época histórica, posición social, etc. Por eso, el camino hacia una deseable madurez está repleto de escollos.

sanatorio5Las supuestas “opciones” por las que puedes decantarte son producto de un concepto escolástico, tramposo, denominado libre albedrío, según el cual terminas siendo quien has decidido ser, como si existieras en un limbo incontaminado de prejuicios y de lugares comunes y tu voluntad, por lo tanto, no estuviese influida por el entorno social del que procedes. Una utopía, en suma, tan engañosa como un orden social (imaginario), basado en la ausencia de orden, de principios, de autoridad:  puro ejercicio de irresponsabilidad disfrazado de filosofía política.

El primer paso consiste en aceptar la realidad, enfrentarse a ella: en buena medida, comprobarás que, en el fondo, se trata de una confrontación contigo mismo. ¿Podía ser de otro modo?  Tu voluntad y el mundo real son adversarios naturales y tu verdadero yo no puede aflorar sin resolver esa cuestión elemental. En otras palabras, debes buscar tu propio lugar en medio de los demás, resistir, aprender… La huída no es una “opción” (ya sabes que detesto esa palabra, pero en este caso la empleo en sentido estricto). Zambullirse en aguas oscuras, con la placentera sensación de sentirse arrastrado al fondo, puede resultar tentador, pero constituye  una insensatez, un acto de cobardía:  la vida está ahí para vivirla:  ante todo, considérala un don y no una desafortunada casualidad. Debes coger la parte que te corresponde, sin esperar a que los frutos de ese árbol maravilloso lleguen a tus manos, por las buenas…

HuidaRuido de cristales rotos. Una voz de alarma. Avanzo sobre una superficie inclinada, tropiezo, caigo de bruces. Dos celadores me inmovilizan brazos y piernas y me llevan en volandas, alejándome del peligro…

El profesor viene a verme todos los días, pero se limita a intercambiar algunas frases con sus asistentes. Vislumbro difusamente su rostro, pues no llevo puestas mis gafas; intuyo, sin embargo, su contrariedad, detrás de su calculado silencio, de sus cautelosos ademanes. Preferiría que se encarase conmigo, que me insultase, para intentar defenderme:  no recuerdo nada, lo que haya podido hacer, no fue a propósito, etc. No obstante, un pecador, por muy arrepentido que esté, ha de cumplir su penitencia. La mía, en estos momentos, consiste simplemente en volver a empezar. Mi yo malo sometido de nuevo a tutela…

Sin conciencia de estar vivo, no vives de verdad.

Instalarse en las apariencias representa una impostura cuyo resultado es, precisamente, una vida en falso.

Cuando por fin llegues a entenderlo, esperemos que no sea demasiado tarde.

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