Pasión y muerte del señor K
03 jun 2012 Dejar un comentario
Quienes desconocen los pormenores de la vida privada de Kafka, en general, suelen ser proclives a imaginarlo como un sujeto retraído, insociable, distante y un poco paranoico. Nada tan falso como una impresión errónea a la que se otorga credibilidad, sin tomarse el trabajo de contrastarla.

Max Brod y Franz Kafka
Las numerosas biografías que se publicaron a lo largo de la segunda mitad del Siglo XX –aparte de las canónicas, escritas por Max Brod y Klaus Wagenbach—proporcionan un perfil muy distinto de nuestro autor, cálido, casi familiar, ignorado por la mayoría de sus lectores circunstanciales.
En Praga, asiste asiduamente al teatro, a conferencias sobre temas sociales y teosóficos, y a las reuniones del Círculo de Escritores, del que era miembro, integrado por destacadas figuras de la literatura centroeuropea de entreguerras (Franz Werfel, Félix Weltsch, Oskar Baum y el propio Max Brod, entre otras), que le profesaban una gran estima.
Por lo demás, poseía hábitos saludables “dignos de imitación”: no fumaba ni consumía bebidas alcohólicas; declarado amante de la naturaleza, hacía excursiones a lugares pintorescos de Bohemia, Italia y Suiza, en compañía de Brod. Hacía ejercicio físico todas las mañanas, antes de ir al trabajo, era buen nadador y le agradaba merendar al aire libre, los fines de semana, luego de una larga caminata.
De ahí que resultase punto menos que inaudito el hecho de su enfermedad y muerte prematura, que da la impresión de que pendía sobre él una sentencia injusta e inapelable, como en el caso de Josef K., el gris y desconsolado protagonista de El proceso.
¿Destino, azar o simple infortunio, a secas?
Afectado, desde hacía ya algún tiempo, por una tos áspera y persistente, un día de agosto de 1917, el pañuelo que retiró de su boca, tras sufrir un nuevo acceso, apareció manchado de sangre. Un especialista en enfermedades bronquiales dictaminó que ambos pulmones se encontraban “congestionados”, y que el paciente era susceptible de contraer tuberculosis. Por lo tanto, era imperativo someterlo a una cura de reposo.
Por vez primera, Kafka solicitó un parte de baja a la Compañía de Seguros contra Accidentes del Trabajo, en la que ocupaba ya un puesto de alta responsabilidad. A partir de entonces, su salud, en franco declive, y los certificados médicos correspondientes, determinaron que, tras 14 años de meritorios y eficientes servicios, se le concediera el retiro definitivo (1º de julio, 1922).

Robert Klopstock, médico amigo
En una clínica de Zürau, Kafka pasea, duerme las horas reglamentarias, sigue una dieta y descansa la mayor parte del día. Durante las primeras semanas, su organismo responde positivamente.
Si bien la oficina había empezado, por fin, a ser cosa del pasado, no era menos obvio que, debido a una prolongada inercia, la escritura fuese también quedando “aún más atrás” (sus Diarios no contaban, puesto que recurría a ellos únicamente cuando no se sentía capaz de afrontar una tarea creativa). Kafka se siente atascado, “como un sujeto grande que avanzara por un callejón estrecho”.
Con la llegada del otoño, empieza a sentirse “verdaderamente enfermo”.
Su única alternativa (a la que, en principio, se había manifestado reacio), consistía en internarse en una clínica para enfermedades pulmonares. Como podía haber parecido en un comienzo, Kafka no era comparable a un prisionero que vive el sueño de alcanzar la libertad, para emplearla en la realización de sus legítimas aspiraciones, sino todo lo contrario. En el fondo, todo se redujo para él a cambiar la oficina por un lecho de enfermo crónico, cuyas expectativas de recuperación se hicieron más remotas conforme transcurría el tiempo.
En 1916, un año antes de que se le manifestara la enfermedad, había escrito en sus Diarios: “Si estoy condenado, la condena no es solamente a muerte, sino a luchar hasta que la muerte llegue”: estremecedora premonición que los acontecimientos que se avecinaban ratificarían sobradamente.
Pasa varios meses en Matliary (al norte de Budapest, 900 metros de altitud), como un personaje de La montaña mágica, de Thomas Mann.
Allí inicia una sólida amistad con Robert Klopstock, joven médico húngaro, paciente de la clínica, que había contraído tuberculosis en las trincheras.

Dora Diamant, el último amor de Kafka
Por otra parte, Kafka había conocido, en un lugar de recreo, hacía ya algún tiempo, a Dora Diamant, una muchacha polaca de 20 años, que llegó a amarlo apasionadamente (“el último gran amor de su vida”, según Ronald Hayman, uno de sus biógrafos más rigurosos y exhaustivos).
Por azares del destino, ambos, de alma sensible y extraordinariamente generosa, compartirían el doloroso privilegio de estar junto a Kafka hasta los postreros instantes de su existencia.
En 1924, Kafka abandona el sanatorio y se traslada a Berlín, en compañía de Dora: “en la plenitud de su madurez y cuando por fin empezaba a sentir un genuino anhelo de vida” (Hayman).
Sobreviven precariamente durante unos meses, hasta que llega el invierno, uno de los más crudos que se recuerdan. Su salud, ya de por sí delicada, se agrava, obligándole a dejar la ciudad (y el proyecto de futuro que albergaba, junto a Dora).
Kafka había jugado su última carta. La partida estaba definitivamente perdida. Final de trayecto: el sanatorio Kierling, de Klosteneuburg.
Un nuevo reconocimiento médico especifica: “tuberculosis de laringe”.
Su garganta, en la que se han abierto llagas que sangran y supuran, le impide ingerir alimento alguno, ni sólido ni líquido; tampoco puede hablar. Los médicos, impotentes ante la gravedad de su estado, se limitan a inyectarle anestésicos. Se trata, a todas luces, del caso más patético y estremecedor que han conocido.
Dora y Robert no le abandonan ni un instante. Para comunicarse con ellos, Kafka recurre a breves notas manuscritas. “Me duele aún más porque ambos son tan buenos conmigo –les dice–. ¿Hasta cuándo podré soportar que ustedes tengan que soportar todo esto por mí?” Robert Klopstock dejó constancia de aquellos días críticos con estas palabras: “Era espeluznante, prácticamente, Kafka estaba muriéndose de hambre. En un momento dado, vi que rodaban lágrimas por sus mejillas. Nunca había presenciado un arrebato emocional de ese tipo, pues él siempre había tenido un sobrehumano poder de autocontrol”.
Serían precisamente Dora y Robert, sus fieles amigos, quienes avisaron al médico de guardia al constatar que Kafka había dejado de respirar. Eran las 4 de la madrugada del 3 de junio de 1924.

Velando su cadáver, Klopstock testimonió: “Tiene la cara rígida, tan pura y firme como lo fue su espíritu. Un rostro de rey, de la más noble y antigua estirpe. La bondad de su existencia humana ha fenecido, sólo su incomparable espíritu moldea su rostro querido, hermoso como un busto de mármol antiguo”. Dora solloza, inconsolable. “Se ha quedado solo, en la oscuridad”, alcanza a murmurar.
Kafka fue enterrado el 11 de junio, en el cementerio judío de Straschnitz, en Praga. Max Brod pronunció una sentida alocución.
Casi 50 años después, en una mañana de verano, luminosa y apacible, visité su tumba, una columna de granito, de forma romboidal y de aproximadamente un metro de alzada, en la que se lee, escuetamente, Dr. Franz Kafka. Deposité un ramo de flores, mientras pensaba: Gracias, Franz, querido amigo… ¿Cómo agradecerte lo bastante tu inconmensurable legado?
Kafka: La batalla perdida
15 may 2012 Dejar un comentario

Kafka, por Awantha
La vida de Franz Kafka –41 años intensamente padecidos—estuvo vinculada, en gran medida, a un cúmulo de condicionamientos adversos que malograron su vocación de escritor, oficio que, para él, poseía un carácter casi sagrado, y al que estuvo dispuesto a consagrarse en cuerpo y alma hasta los últimos días de su existencia.
Sin embargo, la denodada pugna entre sus deseos y la realidad (en su caso, las obligaciones burocráticas inherentes a su cargo en la compañía para la que trabajaba), según transcurría el tiempo, fue inclinándose del lado negativo para sus aspiraciones, reduciendo drásticamente el margen –de por sí estrecho- que dedicaba a la escritura. Su auténtico anhelo (privacidad y tiempo disponible para su labor creativa) acabó por convertirse en un objetivo inaccesible, en una pura ilusión, volátil e incoherente.
Doctorado en Leyes en 1906, dos años después empezó a trabajar en la Compañía de Seguros contra Accidentes del Trabajo del Reino de Bohemia, cuya capital era Praga.
Lejos de asumir una actitud negligente o irresponsable ante un cometido que no satisfacía sus legítimos intereses, Kafka fue, en cambio, un funcionario ejemplar, metódico y riguroso, muy apreciado por sus superiores (lo ascendieron en dos ocasiones, con el correspondiente incremento de sueldo).
Entre 1908 y 1917, realizó, por cuenta de la firma, numerosos “viajes de inspección”, a fábricas y talleres, que le permitieron elaborar interesantes propuestas de mejora y perfeccionamiento técnicos (documentos que, afortunadamente, se conservan), en los albores de una disciplina –la Prevención de Riesgos Laborales—que alcanzaría extraordinaria importancia en un mundo cada vez más industrializado.

Kafka en 1906
No obstante, la vida íntima de Kafka –adscrita a los términos antagónicos ya mencionados—constituía, en sí misma, una cruel paradoja: un espíritu selecto, dotado además de gran imaginación, pero reiteradamente postergado en lo que concierne a sus exigencias expresivas, acabó por volverse en su contra, a medida que se imponía la certeza de que aquella situación de frustrante “estancamiento” tenía visos de no alcanzar, a corto ni a largo plazo, el necesario punto de equilibrio o conciliación que atenuara sus negativas consecuencias.
Ni funcionario- escritor ni escritor-funcionario (lo fueron, por ejemplo, Pessoa o Italo Svevo): a Kafka le valía sólo el cara o cruz. “Escribir es algo que gravita en las profundidades del alma, mientras la oficina está allá arriba, en la vida real. De modo que no hago otra cosa que ir de arriba abajo, y el resultado no puede ser otro que el desgarramiento –constata–. Mi vida consiste, y ha consistido siempre, en intentos de escribir, la mayoría frustrados”. “Si no existiera la oficina –manifiesta en otra oportunidad—todo sería distinto”.
Ese “desquiciamiento” le hace sentir cada día de un humor cambiante, “aunque siempre, desde luego, sobre la base de un estado fundamentalmente malo”—apostilla.
La casa familiar (al margen del ostensible desprecio de su progenitor respecto a sus inclinaciones literarias) tampoco era lugar idóneo para escribir, aunque se encerrara en su habitación, con la esperanza de redactar al menos unas pocas páginas. “El ruido, las interrupciones, dañan mi trabajo y me sumen en la melancolía”.
En este contexto, es comprensible que la perspectiva de unas cortas vacaciones se le antoje casi un regalo de la Providencia: “Tres días libres, un tesoro cuya posibilidad de empleo me viene fortaleciendo desde hace meses…” –declara.
A la fatiga propia de una jornada laboral a pleno rendimiento, se le añadía una jaqueca pertinaz, que le atormentaba durante horas o incluso días, en la oficina y fuera de ella, y numerosas noches en vela: “el insomnio que padezco es el resultado de una forma de vivir inadecuada, que dura ya 30 años” –escribe precisamente el día que cumple dicha edad.
Una sintomatología característica de lo que un especialista denominaría hoy un cuadro depresivo, cuyo origen, reiteramos, se ha de buscar en el conflicto (irresoluto) entre su creatividad, dispersa y debilitada por la prosaica existencia que llevaba, en la que todo y todos parecían haberse confabulado para impedirle escribir. “Me gustaría ver al hombre capaz de soportar sin daño mi manera de vivir” –apunta, con su habitual sobriedad, ajena a cualquier asomo de autoconmiseración.
No hago literatura, soy literatura, había afirmado alguna vez. Es decir, no sólo un sujeto con determinada vocación, sino la vocación en sí misma, encarnada en su persona. Cabe pues preguntarse: ¿cuál era entonces el modo de establecer una necesaria y urgente tregua, por precaria que pudiera resultar, si la razón de su vida consistía únicamente en escribir?
Estamos, de nuevo, ante una paradoja: el hombre que anhelaba desesperadamente realizarse a través de la escritura y el otro (considerado un adversario, a todos los efectos), eran, a la postre, anverso y reverso del propio Kafka, porque ¿quién no es también, y al mismo tiempo, sus circunstancias?
Prosa del caminante (2)
30 abr 2012 Dejar un comentario
in Prosa poética Etiquetas: Prosa poética
4

Nuestros sueños de juventud se asemejan a un espacioso castillo, magnífico y deslumbrante (por fuera y por dentro).
Sin embargo, el paso de los años agrieta sus muros, deja su huella polvorienta en pasillos y escalinatas, y sume en penumbra y silencio sus amplias estancias, vacías. Y los espejos, inmutables testigos de esa decadencia, de esa ruina, reflejan con brutal fidelidad nuestro rostro horrorizado.
5
Si alguien no consiguió, al menos una vez, saciar su sed y, en lugar de los colores de la primavera, encontró arbustos secos, árboles sin flores ni frutos, y caminos solitarios… ¿Qué palabras podrían testimoniar apropiadamente la magnitud de su desconsuelo?
6
Uno de los círculos del Infierno (que Dante olvidó describir), está destinado a los irredentos, a los fracasados, a quienes no bastó una sola vida para colmar sus aspiraciones y murieron luego en un afrentoso e inmerecido anonimato. Porque toda vida irrealizada es un surco vacío, una promesa incumplida, una cosecha malograda por las inclemencias del destino. Un cadáver sin rostro en el fondo de un barranco.
7
En el fondo, nuestra vida es comparable a una estrella fugaz, o al precario brillo de una luciérnaga, que se desvanece en la oscuridad. Y los hombres, en conjunto, a un rebaño desorientado que se apretuja temerosamente y avanza sin rumbo preciso, mientras la noche, inexorable, cierra una detrás de otra las pálidas celosías del crepúsculo.
La muerte encierra en sí misma su propia verdad, su naturaleza de hecho objetivo e incontestable, que desdeña toda ilusoria pretensión de un más allá.
8
De tarde en tarde, la Historia tiene la cortesía de redimir a los espíritus nobles (humillados e incomprendidos a lo largo de sus vidas), adjudicándoles el mérito de haber proyectado un rayo de luz en la mazmorra del oscurantismo y la ignorancia en la que su destino les condenó a vivir.
9
Antaño, me mortificaba una persistente certeza: presente/futuro y yo, en medio, debatiéndome, como una presa en el cepo. Me llevó mucho tiempo percatarme de que, en realidad, existíamos solo el cepo y yo. Y que había sido así, desde el principio.
10
En mis “días grises”, me domina la sensación de estar obligado a subsistir (debido a mi propia naturaleza) en época y lugar inadecuados, como un anacronismo viviente, o un error de cálculo.
¿Puede reprochársele apatía o desinterés a quienes sucumben al efecto del vino adormecedor de la resignación, a la calma imperturbable de la derrota definitiva?
11
Dios condena a los pecadores a convertirse en una llama viva y crepitante, que arde de pies a cabeza, por toda la eternidad, como una zarza maldita.
Las almas buenas, en cambio, van al Paraíso, donde mueren de frío y aburrimiento.
12
Si en tu lucha por la vida decides emplear las mismas armas de los “triunfadores”, tarde o temprano, te convertirás en uno de ellos. En el fondo, imponerse a los demás no es una cuestión de estrategia, sino de pura y simple Ética.
13
Con las primeras luces del alba, mis malos sueños huyen en bandada, como murciélagos amedrentados.
14
Los místicos insisten en que cada uno debe encontrar su propia verdad dentro de sí mismo. Es como pedirle a un ciego que aprenda a ver.
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¿Esperanza? ¿Fe? ¿Vida Eterna?
Me siento tan fatigado que recorrería el camino de la salvación únicamente si tuviese que hacerlo cuesta abajo.
Lobo estepario
16 abr 2012 Dejar un comentario
![Teixido | Una travesia [tapa]](http://teixido.files.wordpress.com/2011/08/teixido-una-travesia-tapa.jpg?w=176&h=300)
por Alfonso Gumucio Dagron
Una travesía (2008) de Raúl Teixidó, es sin lugar a dudas un “testimonio personalísimo” como indica en primera persona la contraportada del libro. El breve libro es quizás lo más autobiográfico que ha escrito Teixidó, una especie de testamento filosófico y literario prematuro, mosaico de aforismos, fragmentos filosóficos, y parábolas que dicen mucho del lugar que el escritor considera que ocupa en un mundo donde se siente rodeado de “circunstancias irreversibles”.
El hilo conductor de este testimonio es un determinismo sicológico entre pesimista y melancólico que lleva a Teixidó a afirmar que “vivimos en borrador”, pues todo ya está escrito y determinado de antemano por las condiciones sociales y sicológicas en las que cada ser humano nace y se desarrolla. “Casi todo ya está vivido”, afirma, como si el ejercicio de vivir no fuera sino recorrer un camino que ya está trazado desde el principio de los días.
A lo largo de su obra y de su vida Teixidó se ha sentido asociado a la imagen de un lobo estepario, solitario, que recorre una trayectoria donde nada es fácil, donde “pensar, pensarse” es una necesidad apremiante. Nada le ha sido regalado, parece quejarse cuando escribe: “Algunos afortunados encuentran su camino en la vida incluso antes de preocuparse por buscarlo. Otros ya han hecho ese trabajo por ellos. Sólo se les pide que sean capaces de caminar sobre dos pies.”
Y más adelante, hablando de “un romántico” como si hablara de sí mismo: “La fortuna rara vez le tiende la mano, se ignoran sistemáticamente sus cualidades, no encaja dentro de los moldes establecidos y, además, existen abrumadoras posibilidades de que termine sus días en pobreza y soledad”.
La muerte “es la única instancia que nos dignifica”: “Punto final de un largo viaje (más bien decepcionante) que nos lleva desde el cero hasta el cero absoluto”.
Además de los ecos más o menos velados de Cioran o a Shopenhauer, uno de los referentes explícitos de Teixidó es Kafka, a quien le dedica un par de páginas de homenaje: “Kafka era lo que escribía”, y otro Tagore, a quien le dedica un breve cuento al estilo de los antiguos relatos mágicos orientales, sobre la idealización del reconocimiento que un ser humano creativo se merece, independientemente de su condición social.
Pero es en “Fábula de un lobo suicida” donde se revela con mayor claridad la analogía entre el escritor y el lobo estepario, solitario. El lobo solitario, aislado de la manada -más por su propia decisión que por otro factor- se acerca a una comunidad de seres humanos pero se mantiene a distancia prudente, lo suficientemente lejos como para que no lo consideren una amenaza, y lo suficientemente cerca como para que se acostumbren a verlo y acepten que existe, que de alguna manera también es parte de la comunidad.
El desenlace fatal del final, no es sino un destino que estaba escrito desde un principio en el horizonte y que corresponde a la filosofía que respira todo el libro: la imposibilidad de integrar completamente la sociedad, quizás porque “en este mundo existen novecientos noventa y nueve Señores Hyde por cada solitario y heroico Dr. Jekyll”.
Teixidó es un escritor casi secreto, que ha elegido esa vía para poder dedicarle lo mejor de su tiempo y de su energía a escribir. Y sin duda a leer. Aunque no haga gala de ello en su escritura, los textos de Raúl Teixidó transpiran la riqueza y amplitud de sus lecturas, incluyendo muchas obras en inglés, idioma que lee a la perfección.
Las mujeres solitarias de Jean Rhys
29 mar 2012 Dejar un comentario
in Autores y personajes Etiquetas: autores y personajes

La escritora Jean Rhys
Dentro de la narrativa de la primera mitad del Siglo XX, es de rigurosa justicia destacar el nombre de Jean Rhys (1894-1979), escritora inglesa que se dio a conocer entre 1927 y 1939, con cinco novelas breves, y se sumió luego en un largo silencio –27 años, ni uno menos—durante el que fue virtualmente relegada al olvido. Tras aquel prolongado paréntesis, reapareció, ya en plena madurez, con una novela que se haría famosa (Ancho Mar de los Zargazos) y un volumen de cuentos, que supusieron una tardía restauración de su prestigio literario.
Las novelas del período de entreguerras a que aludimos, constituyen, sin embargo, el “centro de gravedad”, por así decirlo, de su obra. Superaron, con creces, la prueba del tiempo, concitando el interés de la crítica, que puso de relieve, junto a su perfecta ejecución, su moderna mentalidad, su espíritu: de hecho, podrían considerarse un nítido precedente de la novela existencialista (lo que permitió que un lector de los años 60 estuviese en posición más idónea para comprenderlas que sus contemporáneos de hacía tres décadas).
Exceptuando su primer libro (La orilla izquierda, 1927) –relatos acerca de la bohemia parisina, que la autora conocía muy bien—las cuatro novelas que siguieron, reproducen, curiosamente, el perfil de un personaje de similares características, que atraviesa un período crítico de su vida: una mujer, en el ecuador de su vida, lúcida y desengañada, que pugna por sobrevivir en un entorno declaradamente hostil, con las únicas armas de un orgulloso menosprecio y un declinante charme personal.
La primera comparescencia de esta protagonista reiterativa, descrita con profundidad y envidiable sutileza, tiene lugar en la novela Cuarteto (1928).
Se llama Marya Zelli, vive en Londres y París, sucesivamente, conforme lo determinan los avatares de su existencia, precaria y poco edificante, en términos generales: su marido reaparece en su vida para luego abandonarla y, después, un amante decide hacer lo propio. Sus frágiles recursos para sobreponerse a la adversidad y su casi morbosa “sumisión” ante los acontecimientos, le impiden encontrar una salida. Hundida anímicamente, sin amigos ni afecto, acabará prostituyéndose.
En Después de dejar al Sr. Mackenzie (1930), este fantasma se reencarnará, por decirlo de algún modo, en Julia Martin. Abandonada por su “protector”, se reduce a malgastar su tiempo en encuentros ocasionales con desconocidos y a beber, a solas, en su habitación de un hotelucho del Quai des Grands Augustins. Agotado el dinero que le dio, por última vez, el distante Sr. Mackenzie –a quien no volverá a ver—frecuenta lugares de baja estofa y lúgubres pensiones; a medida que transcurren los días, se le hará más difícil ocultar su insolvencia y su adicción a la bebida, abocada a una progresiva e irremediable degradación. Más
Desde ambas orillas, o el doble rechazo de Raúl Teixidó
15 mar 2012 Dejar un comentario
A propósito de A la orilla de los viejos días
por Josep M. Barnadas*

El escritor Josep Barnadas
Libro de nostalgias y, también, de ajuste de cuentas con los recodos de la memoria y de la vida misma; libro, a fin de cuentas, de melancólico homenaje que el autor rinde a la memoria de su madre.
Abriendo la marcha, recupera el texto titulado Memoria de la luz (1992), incluido en una obra anterior (Jardín Umbrío, objeto de un emotivo comentario de Matilde Casazola), y que puede considerarse un “concentrado” de todo lo que se leerá a continuación, tomando, como punto de referencia el tríptico La Casa, Estudiante y La Ciudad, que nos ofrece la trémula rememoración de una infancia y de una adolescencia (que ahora percibe como básicamente plácidas), de la casa natal, a los pies de La Recoleta, en las alturas de Sucre; de sus escasas y fieles amistades. Pieza que el propio autor define de “breve recorrido por la nostalgia y el recuerdo”.
Pero lo nuevo, que es propiamente el relato de una vida cualquiera, sin estridencias convencionales, la de Teixidó, nos permite reconstruir también un tramo de la vida sucrense durante los años 50 y 60.

Universidad Mayor San Francisco Xavier
Hijo de una familia “trasplantada” (padre catalán, madre paceña), estudia Bachillerato en el Sagrado Corazón y Derecho en la Universidad de San Francisco Xavier. Entretanto, se han ido manifestando sus auténticas pasiones: cine, lectura, literatura… en la medida que se lo permite, claro está, la ciudad provinciana a que se ha reducido Sucre (¿desde 1899 o 1952?) Lo que, a la vez, representa una fuente de frustraciones para el joven aprendiz: el sueño de formarse en Cinematografía en el extranjero, se quedará en eso, un sueño.
Concluida la carrera de abogado, es reacio, sin embargo, al ejercicio de la profesión, pero el medio no le da acceso a otras alternativas que el oscuro trabajo en la Biblioteca de la Facultad o la enseñanza secundaria y universitaria.
A estas alturas, cuando daaba los primeros pasos firmes en la letradura, un viaje a La Paz le pone en contacto con otro valor incipiente de la literatura nacional, Marcelo Quiroga Santa Cruz, que había ganado recientemente el Premio Faulkner por su novela Los Deshabitados y era, asimismo, cinéfilo. Esa amistad robustece la vocación literaria de Teixidó, que ya había recompensada con un premio primerizo, el de Cuento, otorgado por la Fundación Edmundo Camargo, de Cochabamba, en 1965. Más
Muerte de un cineasta
28 feb 2012 Dejar un comentario
(Theo Angelopoulos, 1936-2012)
Tuve el privilegio de iniciarme en la filmografía de este insigne realizador a mediados de 1980, si mal no recuerdo.
La Filmoteca Nacional programó, un día de tantos, en su habitual sesión de las 20 horas, El viaje de los comediantes, película-incógnita, no estrenada en España, respecto a la que no se proporcionaba ningún dato relevante, pese a estar considerada (según me enteré con posterioridad) una de las obras mayores del director.
El film describía, parsimoniosa e impecablemente, los pormenores de la gira de una compañía teatral por ciudades de provincia, a mediados del siglo pasado. Albergues de paso, escenarios maltrechos, carreteras secundarias, etc. Incidencias de toda naturaleza que aquellos esforzados obreros del arte de Talía sobrellevaban con encomiable profesionalidad.
Se trataba, ante todo, de una obra “coral” (ninguno de los intérpretes, de perfiles muy precisos, destacaba por encima del resto).
Crónica del heroísmo cotidiano, del esfuerzo sin recompensa, la sensación dominante era una cierta suerte de melancolía serena e intemporal, propia de las viejas historias que, vistas o contadas otra vez, parecen siempre nuevas.
La “puesta en escena” –por decirlo de un modo muy adecuado para el caso—estaba resuelta mediante una sabia alternancia entre planos medios y largos planos-secuencia, característica primordial de la “escritura” cinematográfica de Angelopoulos, conforme lo corroboraban sus posteriores realizaciones.
Sus tres horas y media de metraje me supieron a poco.
Embargado por el entusiasmo que conlleva el descubrimiento de una forma diferente de “hacer cine”, me puse a la tarea de buscar toda la información disponible sobre el director, en revistas y diccionarios que, afortunadamente, existían en las bien nutridas estanterías de la biblioteca de la “Filmo”, como la denominaba su fiel clientela.
Según pude saber, Angelopoulos había rodado un documental y dos largometrajes, en los inicios de su carrera. El viaje de los comediantes, que lo había consagrado internacionalmente, databa de 1975.
Todo indicaba que los críticos destinados a cubrir la crónica de los festivales de cine que tienen lugar a lo largo del año, en diferentes ciudades del mundo, tenían el privilegio, casi en exclusiva, de conocer el resto de su filmografía.
Como es bien sabido, a dichos eventos acuden también los “exhibidores”, con objeto de adquirir derechos de distribución de algunos films (a elegir entre el abundante material disponible, incluidos aquellos que no participan en el certámen) que constituyan una apuesta segura en lo que se refiere a los beneficios de taquilla. En este sentido, resulta por demás obvio que las películas de Angelopoulos no eran especialmente codiciadas.
Cuando la inolvidable experiencia que representó para mí admirar el ya reseñado Viaje de los comediantes, empezaba a antojárseme algo parecido al “sueño de una noche de primavera”, una pequeña sala de la ciudad (denominadas, en aquella época, de Arte y Ensayo), se aventuró a estrenar Paisaje en la niebla, otro de los hitos en la carrera de su director, acogida con loable entusiasmo por la crítica especializada.
Quizá esta favorable disposición (y el respaldo del público asistente, constituido en su mayoría por los asiduos espectadores de la Filmoteca), determinaron que, en la década de los 90 –y con las debidas precauciones por parte de los exhibidores- asomaran a la cartelera las siguientes películas de Angelopoulos, “riesgo calculado” muy de agradecer, de todos modos, aunque pasara por alto algunos títulos no menos representativos que los estrenados en (des) orden cronológico.
Viaje, exilio, identidad
Conceptos-clave para entender la obra de Angelopoulos, en el fondo, tres aspectos de una sola problemática, existencial y filosófica, auténtico leit-motiv de su filmografía, que intentaré glosar a partir de algunas de sus películas más importantes. Más


