El arte de lo posible

“El asunto de los yacimientos cupríferos, por ejemplo. Honestamente, Riquelme, ¿cuántos apoyaron la impugnación del contrato, además de tu propio grupo? Tres o cuatro diputados. El debate generó cierto revuelo mediático, pero los periódicos más importantes, propiedad de oligarcas afines al gobierno (eso lo sabe todo el mundo), afirmaron que se trataba de una simple “desavenencia” (normal, incluso necesaria, en un sistema democrático). En cuanto al fondo de la cuestión, el convenio se había firmado dentro de una estricta legalidad constitucional; sus cláusulas no era, ni mucho menos, “lesivas e insultantes para la dignidad nacional”, como sostenía ostentosamente la oposición, que hablaba de “expolio” sin ningún fundamento. Etc., etc.

imagen-corrupcionTotal, derrota por K.O. (otra más), que esta vez tuvo consecuencias: tu grupo parlamentario se disolvió al término de la legislatura. Unos se aliaron con núcleos afines a su línea de pensamiento y otros se retiraron de la política. Tú ejerces ahora de periodista; muchos leemos tu columna y admiramos la tenacidad con la que defiendes tus puntos de vista, denunciando chanchullos e iniquidades de toda índole (por desgracia, trabajo no te falta). En otros tiempos, hasta podrías haberte presentado a las elecciones, pero, si me permites que te lo diga sin rodeos, creo que ese momento ya pasó.

La teoría está bien para los libros o la cátedra (que nunca debiste abandonar); en cambio, la política es pura praxis, ajena a nociones abstractas. Do ut des. Bísnes is bísnes. Y no hay más vueltas que darle. ¿Qué busca un inversor? El mayor rendimiento posible para su capital. ¿Qué precisa, ante todo? Un país que posea riquezas naturales y una absoluta carencia de medios para explotarlas… y ofrezca garantías de ser un socio fiable, claro está. Entonces, tiene lugar una especie de matrimonio de conveniencia, bajo la supervisión de asesores jurídicos, economistas, etc. que representan a cada una de las partes. Y se establecen las condiciones bajo las que se materializará la operación, así como el reparto de beneficios, cuya mayor parte se lleva la compañía inversora, como es natural, porque se trata de negocios y no de beneficencia. Las multinacionales son el signo de nuestros tiempos, Riquelme, ubicuas, todopoderosas, con mil y un rostros, que funcionan con precisión matemática y multiplican sus ganancias en proporciones geométricas allí donde deciden operar. Marcan la pauta del presente y, además, del futuro: llevan el timón y marcan el rumbo. Sus detractores tienen derecho de reunión y de opinión, pues vivimos en un mundo libre…

Estudiar filosofía, sociología, ética, sirve para obtener un título universitario; en política cuenta únicamente el aquí y el ahora. El presidente, en su discurso de investidura, puso a parir a todos los intelectuales, como bien recordarás. Dijo que preferían contraponer conceptos abstractos a las cuestiones urgentes y perentorias que nos plantea la realidad, que vivían en las nubes. “Ahí pueden seguir, si les apetece, este gobierno nunca les tocará un pelo, para que no se diga luego que en nuestro país la inteligencia, por así llamarla, es objeto de persecución… Aunque, hablando en plata, personalmente pienso que deberían pegarse un tiro de una vez y dejarnos gobernar, ¿no lo creen? Vanidosos como son, del primero al último, no desdeñarían la oportunidad de tener un bonito epitafio… Dicho sea de paso, como homenaje a estos insignes pensadores, mi gobierno estaría dispuesto a correr con los gastos…” De existir un artilugio denominado “aplaudímetro”, la intensidad sonora que suscitaron estas palabras debió de rondar el 95%.

applauseUn discurso pensado para desacreditarlos, ciertamente, pues se cuidó mucho de mencionar la tarea legislativa que ustedes llevaron a efecto, los incontables proyectos de ley desechados, malogrados, de los que la ciudadanía sabe muy poco o nada, pero así son las cosas, cada quien barre para casa. En cambio, consiguió que a la gente se le atragantaran los intelectuales y su proverbial “falta de realismo”. Después de eso, ¿quién votaría a un gobiernos de “ideólogos”, por muy sabios que parezcan, a su programa, muy difícil de llevar a la práctica debido a la complejidad del mundo en que vivimos? El pobre diablo que trabaja a destajo para alimentar a su familia y procurar algún futuro a sus hijos, no entiende que alguien, teórico representante de sus derechos y aspiraciones, se ponga a debatir sobre la naturaleza del Estado o la “razón de ser” de las leyes.

Tienes que asumir, querido Jorgito, que los de tu generación se van quedando sin feligreses, como las parroquias. Perdona que te lo diga así, soy un simple burócrata, pero al mismo tiempo un amigo sincero. Estoy seguro de que me comprenderás, como buen intelectual, acostumbrado a examinar las cosas del derecho y del revés antes de sacar una conclusión. Te aprecio mucho (lo mismo que un gran número de personas, conocidas y desconocidas); a veces incluso siento envidia de tu capacidad, de tu compromiso moral, de tu coherencia, etc. Sin embargo, las coordenadas han cambiado, cada día reconozco menos del mundo que conocí cuando me incorporé a la política, ingenuamente ilusionado. Analizar las causas de este problema supera mis conocimientos y seguramente nos llevaría muy lejos, por eso me limito a constatar el hecho… La gran cuestión, a mi parecer, sería el rol de los intelectuales como tú en el seno de una sociedad que ha sustituido una respetable escala de valores por el único y supremo mandamiento de procurarse riqueza y poder apelando a todos los medios, consiguiendo, de paso –y esto es lo más grave, a mi parecer– que ese extremo llegue a ser socialmente aceptable, como si lo mismo ocurriera con el incesto o la antropofagia… Desengáñate, Jorgito, el hombre de la calle nunca será dueño de su propio destino. Siempre fue y será esclavo de sus circunstancias, por la simple y abrumadora razón de que hoy carece, más que nunca, de los instrumentos para cambiarlas…

 

La carta no enviada (2)

Nieatprajénnoie pismó (1959)  

de Mijaíl Kalátozov

Segunda parte 

Konstantín, Tania, Andréi y Filipenko despiertan sitiados por un voraz incendio. Echando mano de lo indispensable, corren hacia los botes, entre el humo y las llamas, como animales en fuga.

th“¡Qué desastre, la naturaleza se ha vuelto contra nosotros! –escribirá Konstantín, horas después—Los incendios por causas naturales no son raros en la taiga, pero que se haya producido uno, de grandes proporciones, precisamente ahora, representa una catástrofe que ninguno podía imaginar. Llegamos a la orilla, como pudimos. Uno de los botes, cargados la noche anterior, iba a la deriva. El fuego había consumido las amarras. Con objeto de evitar que lo arrastrara la corriente, Filipenko se abrió paso a través de las llamas. En ese preciso instante, el grueso tronco chamuscado de un árbol se desplomó encima de él, aplastándolo. No cabe la menor duda de que murió en el acto. ¡Pudo ocurrirle a cualquiera de nosotros, bajo aquella lluvia de fuego! Nos vimos obligados a retroceder, dando por perdido el cargamento de ambas embarcaciones. Para empeorar las cosas, durante nuestra huida, Andréi resultó herido de consideración (un corte profundo a la altura del muslo derecho, al que Tania y yo aplicamos un vendaje compresivo). Pese a todo, Andréi consiguió dar nuestra posición por radio.

Vendrán a rescatarnos, querida Vera. Por favor, no desesperes…”

A media tarde, una copiosa lluvia apaga los focos del incendio que aún permanecían activos. Avanzan , entre fango y restos calcinados, llevando a cuestas al muchacho. La marcha se ralentiza considerablemente, lo que atormenta a Andréi todavía más que sus propias heridas. Camarada Kostia, ¡tenemos que hablar! – manifiesta, imperativamente, durante un breve descanso, junto a una arboleda– ¡Le ruego que me escuche!

800_055_large“Lamento que, desde esta mañana, todas sean malas noticias, querida Vera. Andréi ha perdido mucha sangre y su debilidad es extrema. Tania y yo lo transportamos en una improvisada parihuela. Cuando nos detuvimos a recuperar fuerzas, aprovechando que Tania no escuchaba, me pidió que lo abandonáramos, ¿te lo puedes imaginar? Prefiere que Tania y yo nos salvemos a que perezcamos los tres, malogrando, además, el éxito de nuestra expedición. Me negué, naturalmente. Saldremos adelante, ¿verdad, camarada Kostia?, me preguntó Tania, dirigiéndome una mirada suspicaz.

Avanzamos con desesperante lentitud, pero cada paso nos aproxima a la salvación. El humo se disipa poco a poco. No desesperes, nos encontrarán…”

Tania cae reiteradas veces, a causa del excesivo peso y de los desniveles del suelo. Nos es nada, estoy bien, porfía, y vuelve a incorporarse. Hacen otro alto en un islote arenoso, rodeado de arbustos. En el laberíntico ramaje que se extiende casi a ras de tierra, Andréi distingue una solitaria florecilla, casi un milagro en medio de aquella inmensa desolación. Le pide a Konstantín que la coja y se la dé; sosteniéndola delicadamente entre los dedos, como si fuera una mariposa, se la ofrece a Tania. Para ti, por tu cumpleaños –murmura—Es hoy, ¿no? Ella sonríe, aferrando su mano. Te querré durante el resto de mi vida, Taniushka –prosigue Andréi–Iluminaste mi existencia desde el primer día que nos conocimos, has sido en todo momento mi energía, mi inspiración. Y te estoy muy reconocido por ello, amor mío… Tania apoya la cabeza en su pecho; Andréi respira con dificultad, entrecortadamente. Todo irá bien, muchacho, le anima Konstantín. ¡Camarada Kostia! –reacciona éste, recuperando un vigor que parecía extinguirse–. ¡Se lo voy a decir una vez más, delante de Tania! Su mirada emite extraños destellos, como las de un ebrio o un loco–. Juntos, jamás lo conseguiremos, ¿es que no lo ve? Usted es responsable de lo que ocurra a partir de este momento. ¿Prefiere que se pierda todo, nuestro trabajo, nuestros sufrimientos, nuestras vidas? Calla, exhausto. La consternación ensombrece el rostro de Konstantín. Andréi es valiente, generoso, pero está en un error –exclama Tania, incorporándose–. Porque nos salvaremos, los tres. ¡Dígalo, camarada Kostia, haga el milagro, sálvenos! Le golpea el pecho con ambos puños. Konstantín la abraza, sin encontrar palabras de consuelo.

Letter-Never-Sent-Header

Al amanecer, Konstantín ve la camilla de Andréi, vacía. Y la nota que ha dejado fijada en el tronco de un árbol. “No perdáis ni un minuto tratando de encontrarme. Vuestra única tarea consiste ahora en poneros a salvo y entregar el plano, que ha costado tan alto precio. Adiós, camarada jefe Konstantín Sabinin, fue un honor trabajar a sus órdenes. Adiós, adorada Taniushka…” Tania se aproxima. Konstantín, sin mediar palabra, le enseña la nota. De nada les sirve gritar en todas direcciones el nombre del compañero desaparecido.

“¡Estoy desolado, querida Vera! Andréi ha sacrificado su vida por nosotros, adivinando que nunca lo abandonaríamos. ¡Era tan joven y amaba tanto a Tania! Puedes imaginar cómo se siente ella en estos momentos… Sin embargo, Andréi tenía razón: debo afrontar mi responsabilidad hasta las últimas consecuencias, sobreponerme. Nuestra misión, que tanto ha costado ya en vidas y esfuerzos, no puede saldarse con un estrepitoso fracaso. ¡Si llegamos al río, estaremos salvados! Pensar en ti, Vera mía, me da fuerzas y toda la fe que necesito!”

Letter-Never-Sent-1959-9Por las noches, la temperatura cae en picado. Envueltos en sus capotes, Tania y Konstantín comparten el saco de dormir, en un intento de conservar el exiguo calor corporal que los mantiene vivos. Valor, Taniushka – dice Konstantín, rodeándola con sus brazos, como a una niña-Tu tristeza, tu desolación, son inmensas, pero tienes que ser fuerte. Por ti, por Andréi, por todo aquello que planeábais realizar juntos. Recuerda el juramento de los Jóvenes Pioneros: te comprometiste a ser persona de bien durante toda tu vida, a no defraudar jamás las expectativas puestas en ti, a superar las dificultades, por enormes que puedan ser… Piensa en ello, Taniushka, reconfortará tu alma y te devolverá la esperanza… Ahora, duerme, y sueña con el ancho río que nos conducirá a la salvación… Tania intenta dormir. A su memoria acuden imágenes y antiguas y hermosas palabras, nobles motivaciones a las que, siendo apenas adolescente, había consagrado su vida entera: valor, constancia, solidaridad, patriotismo…

Un níveo manto cubre la tierra. El invierno ha llegado, desalentadoramente puntual. Los ríos siberianos no se congelan desde el primer día –declara Tania–. Llegaremos a tiempo. ¡Puedes estar segura de ello!, corrobora Konstantín.

Letter-Never-Sent-1959-4Viento gélido. Treinta grados negativos. Tania no consigue mantener el ritmo de la marcha. Cae dos, tres veces, y él acude en su ayuda, preguntándose si la muchacha resistirá hasta el final. En un momento dado, Konstantín se vuelve y la ve, tendida de bruces. Desanda un largo trecho –como ha venido haciendo a lo largo de las últimas horas–, se arrodilla junto a ella, la zarandea enérgicamente. Tania no se inmuta. Sus ojos parecen contemplar, plácidos, el cielo gris y lejano. Konstantín comprende que su valerosa compañera acaba de morir. En un arrebato de dolor e impotencia, la levanta en brazos y avanza, a grandes zancadas, hasta que la fatiga le impide continuar. Solo, en este desierto helado y sin límites…, piensa. La nieve empieza a cubrir el cuerpo de Tania. Konstantín se incorpora y reanuda el camino, con la determinación de un animal salvaje.

Sus sentidos se han embotado. No tiene noción del tiempo transcurrido desde que dejó a Tania. Casi a rastras, accede a una cima -¿la segunda, la tercera?- Al fondo, divisa un río que fluye con ampulosa parsimonia, arrastrando los primeros bloques de hielo. Incapaz de dar un paso o de tenerse en pie, rueda por la pendiente, dando tumbos, como un fardo. Luego, se incorpora, da voces desesperadas: ¡Gente, a mí, gente! ¿Dónde está todo el mundo? Solo consigue emitir un murmullo apagado, casi inaudible. Moviéndose torpemente, hace acopio de algunos restos de aluvión que tiene a su alcance –ramas, troncos desnudos, trozos de madera—y procede a atarlos mediante unos retazos de cuerda que extrae del fondo de sus bolsillos, improvisando, poco a poco, un precario lecho flotante, sobre el que se abandona a merced de la corriente. En ademán protector, pone la mano a la altura del corazón, donde guarda el plano y la carta no enviada.

Letter-Never-Sent-1959-5¿Duerme, sueña, su corazón ha cesado de latir, como el de Tania? ¿Qué distancia ha recorrido hasta el vado en el que acaba de encallar? ¡Debo continuar, debo continuar!, piensa, pero sus miembros no le obedecen. Después de meses habituado al silencio, le sobresalta un ruido ensordecedor, persistente, como el de un inmenso taladro. ¡Un helicóptero de salvamento! Dos hombres descienden por la escalerilla, que se balancea a causa del viento. Manos presurosas le apartan el brazo que se le ha congelado y proceden a auscultarle. Cree percibir un leve gesto de aprobación en el rostro del extraño inclinado sobre él, y luego una sonrisa, mientras le enseña la documentación que acaba de encontrar. Lo depositan en una camilla, sujeta por ambos extremos a un cable de acero. Un brusco tirón lo separa del suelo. Se siente como si volara. Vislumbra la silueta de un hombre, agazapado en la puerta del helicóptero, presto a recibirlo. ¿Era ese el milagro que le reclamaba Tania?

¿Y los compañeros que quedaron atrás, extraviados, insepultos, el verdadero precio de hacer realidad un sueño?

La carta no enviada

Nieatprajénnoie pismó (1959)  

de Mijaíl Kalátozov

Primera parte

Caminan un largo trecho, alzando la mano, en señal de despedida, hasta que el helicóptero se desvanece en la distancia. Luego, acomodan el material (picos, palas, instrumentos de medición, un microscopio y la radio) en dos botes. Reman en silencio, sorteando los meandros del río, rodeados por una neblina húmeda y espesa.

Image“Vera, amor mío: el momento de la partida está aún presente en mi memoria. ¿Podrás perdonarme que me aleje de ti, una y otra vez? La profesión, el deber… Sé que lo comprendes y te lo agradezco.

Bueno, aquí estamos. Es todo cuanto se puede decir, de momento, pero creo que tuvimos un buen comienzo. Viene conmigo un antiguo colega del Instituto, Serguéi Filipenko, y dos jóvenes geólogos, Tania y Andréi. Son novios y este es su primer cometido importante. Se muestra muy ilusionados. De hecho, su actitud refleja a la perfección el espíritu del grupo. Navegamos toda la mañana. Después, amarramos los botes y levantamos las tiendas. En cuanto amanezca, organizaré las tareas y ¡manos a la obra!”

Brindan por el inicio de la expedición. El resto del coñac, nos lo beberemos al regreso, promete Konstantín Sabinin, jefe del grupo. ¿Y si volvemos de vacío? ¡Qué pregunta más derrotista! Tania sonríe, escuchando a sus compañeros. Para mí, cualquier razón es buena para beber, alardea Filipenko. ¡Salud!, propone una vez más Konstantín. Entrechocan los cazos de latón y apuran el último sorbo.

ImageSe abren paso, metro a metro, a través de una muralla de árboles desnudos y follaje denso, desbrozando el terreno, con el agua hasta los tobillos. Horas después, acceden por fin a un gran espacio abierto: el área de prospección.

Su extenuante rutina consiste, sobre todo, en excavar, por separado, fosas de hasta un metro y medio de profundidad y, a medida que lo hacen, seleccionar muestras que Konstantín somete al escrutinio del microscopio.

Al cabo de tres semanas de labor, no se vislumbran todavía signos esperanzadores. ¿Crees que los sueños se hacen realidad, Andréi? –pregunta Tania. En el Instituto pensábamos que sí –responde su novio-.Ahora tenemos la oportunidad de comprobarlo. Filipenko se aproxima. Se siente atraído por Tania. No sé qué encuentra en un tipo canijo y estúpido como ese, piensa a menudo, mirando a Andréi. Es peligroso dejarse llevar por las ilusiones, jovencito –declara, interviniendo en la conversación. Según los estudios realizados… –intenta rebatir Andréi, pero Filipenko le ataja, desdeñoso: ¡Los científicos y sus teorías! A Tania le desagradan sus constantes intromisiones, sus miradas insistentes. Se acabó el recreo –declara, poniéndose de pie–. Aún quedan dos horas de luz y debemos aprovecharlas. Y vuelve a la faena, ignorando la suficiencia de Filipenko.

Lluvia torrencial. Tania y Andréi, con los brazos levantados, sostienen uno de los botes de goma, que les sirve de refugio. Ríen como niños. Salta a la vista que son felices. Verás, Andriushka, el día menos pensado, daremos con el filón –pronostica Tania-. Entonces, podremos volver a Moscú, a nuestro querido Instituto. Y los domingos, iremos al parque, al teatro, al ballet… Y todo eso, ¡con el deber cumplido! –apostilla Andréi, entusiasmado. ¿Fantaseando otra vez? –Serguéi Filipenko exhibe una sonrisa burlona—Me alegro por vosotros… Conversamos como dos buenos camaradas, eso es todo –replica Andréi, molesto. Tania mantiene los ojos bajos.

ImageCuando escampa, Konstantín se queda en la tienda, junto a Tania, examinando las muestras recientes. Andréi y Filipenko se adentran en la arboleda, portando los rifles. Veremos si tienes tan buena puntería como imaginación –ironiza éste. Y tú, Seriosha, ¿no has pensado en casarte? –indaga el muchacho, tentativamente. Casarme… ¿con quién? Eso lo sabrás tú. Ocasiones no te faltarán, supongo… ¿Buscar lo que ya has encontrado?—replica Filipenko, mirándolo, desafiante– No le veo ningún sentido. Andréi capta su intención. Si alguien se enamora de una chica que ama a otro… no es ético intentar cambiar sus sentimientos—arguye. Eres demasiado joven para comprender ciertas cosas –responde Filipenko–. En todo caso, a mí, tu concepto de la moral no me sirve. ¡Cada uno ha de velar por lo que le conviene! Eres tú quien no parece entender el problema, Seriosha –responde Andréi–. Recuerda que la razón está precisamente para controlar los impulsos egoístas. Si renunciamos a usarla, nos convertimos en malas personas… Un puñetazo en pleno rostro le hace caer sobre el suelo enfangado. Filipenko permanece firme, sin hacer ademán de ayudarle a incorporarse. Andréi ha dado con la certeza que buscaba, de modo que procura mantener la calma. Era una simple opinión –comenta, levantándose–. ¿Te diste por aludido, quizás? ¡Peor para ti! Filipenko no responde. Retornan al campamento en silencio. Han cobrado un par de piezas que sirven para la cena.

“El éxito parece resistírsenos, pese a que trabajamos con todas nuestras fuerzas, querida Vera. Han transcurrido casi tres meses desde nuestra llegada y todavía no tenemos indicios alentadores. El otoño ya está aquí. Hace frío y el viento sopla incansablemente. Por ahora, el estado anímico del grupo es casi como el del primer día, pero la naturaleza humana tiene un límite… De no obtener algún resultado plausible a corto plazo, me temo que, como jefe de la expedición, me corresponderá optar por una decisión dolorosa. De momento, nadie se la ha planteado. Sinceramente, ni yo mismo… aún”.

ImageLas condiciones atrmosféricas empeoran. La fatiga empieza a hacer mella en el grupo. Hora de afrontar la situación, piensa Konstantín. ¿Dar por concluidas las prospecciones y retornar? ¿O prolongarlas durante un tiempo prudencial… hasta finales de otoño, por ejemplo? Filipenko es partidario de suspender las operaciones, pero la voluntad de la mayoría se inclina por realizar un último esfuerzo. Asumimos un riesgo considerable – advierte Filipenko–. Espero que seáis conscientes de ello. ¡Fracasar sería mucho peor! –replica Tania. ¡No podemos permitírnoslo! –corrobora Andréi. Sigamos, pues, la voz de la experiencia –se burla Filipenko. También yo he votado a favor de seguir, no lo olvides –puntualiza Konstantín, mosqueado ante la actitud de Filipenko.

Una mañana, tras el gesto habitual de desempañar sus gafas y volver a ponérselas, Andréi se asoma a la zanja en la que Tania lleva trabajando toda la semana. ¿Estás llorando? –inquiere, alarmado. Ella se vuelve y le enseña, en la palma de su mano, un pedrusco cubierto de barro, similar a los innumerables que se han ido desechando, y que acaba de examinar con una lupa. Creo que ya lo tenemos, Andriushka –exclama, con una sonrisa radiante– ¡Creo que ya lo tenemos! Y corren a dar la noticia a sus compañeros.

Nos arriesgamos y tuvimos suerte –declara Konstantín. ¿Significa esto, camaradas que, después de todo, no habremos vivido en vano?–sugiere Tania. ¡Ciertamente! –corrobora Konstantín–. Este descubrimiento dará lugar a una verdadera revolución industrial… Tania y Andréi se abrazan estrechamente. Tenemos que poner todo a punto esta noche, si queremos salir de madrugada –les apremia Filipenko. ¿Quién dice que no lo tendremos, aguafiestas? –replica Andréi.

ImageA solas en la tienda, Konstantín señala en el plano las coordenadas del valioso hallazgo. Tras protegerlo con un envoltorio impermeable, introduce el documento en el bolsillo interior del abrigo. En su carta a Vera, se ha limitado a escribir dos palabras, seguidas de varios signos de exclamación: Lo conseguimos.

A medianoche, todo está a punto para la partida. Se reúnen unos minutos en la tienda de Konstantín, fatigados, sonrientes. Al azar, Andréi sintoniza una estación de radio que, en esos momentos, emite una canción popular que habla de amor, de tardes de verano y noches de luna en Moscú. ¡Todo un anticipo de la dicha de volver a casa! Reclinada sobre el hombro de Andréi, Tania no logra reprimir sus lágrimas. ¿Qué clase de pionera eres, Taniushka? –finge reprocharle Konstantín–¡Acabarás por ponernos tristes!

Serguéi Filipenko se retira sin hacer comentarios.

(Fin de la primera parte)

Apuntes para una novela

NUna ciudad de provincias. Escenario imperturbable en el que se ha detenido el tiempo, a la espera de una representación (¿drama, comedia?) que nunca tendrá lugar.

Días idénticos a los centenares y miles que les precedieron, el mismo paisaje urbano: jubilados, amas de casa, talleres, un supermercado, bares, fútbol televisado.

N. pasa desapercibido como todos, como todo.

En su habitación, los libros ocupan la mayor parte del espacio. N. se sumerge  en la lectura como en un deleite prohibido. Nunca se va a dormir antes de la una de la madrugada y se levanta con la primera llamada a misa del campanario de una iglesia cercana. La ventana del cuarto da a la calle principal. Concurrida a mediodía, apenas se ve a nadie después de ponerse el sol.

biblioteca-personalA menudo, N. viaja con la imaginación, espoleado por las historias que lee; siente deseo de vivir las experiencias de aquellos personajes con quienes se identifica. El desasosiego de los grandes escritores – en general, no se muestran demasiado satisfechos con la vida que les tocó vivir- le reconforta. En una libreta de notas, apunta las frases que juzga más relevantes, por su sabiduría y profundidad: “Me siento como el reflejo de un hombre en el agua”, “Lo verdaderamente importante aún no ha empezado”, “Lo esencial es invisible a los ojos”, etc.

Anhela, en secreto, dejar atrás su opresivo entorno, construir, en otra parte,  algo parecido a una existencia gratificante, sobre las cenizas del tiempo malgastado. Le complace imaginarse el futuro como una hermosa ciudad adormecida bajo el sol, a la que un día llegará, tras un largo camino.

En su memoria vive un nombre, un rostro.

mujer abrigo rojoCoincidían casi a diario en las escaleras de un edificio de oficinas; ella era mecanógrafa en una Notaría—2º piso–; él, pasante de abogado (aprendía y practicaba a la vez), iba por allí a efectuar algunos trámites. Intercambiaban saludos; después, unas cuantas frases, hasta el día en que, sin proponérselo, ensimismado en la conversación, la acompañó hasta su casa. El trayecto era largo y eso le agradaba… y, por lo visto, también a ella. Si hacía frío (seis meses al año), ella llevaba un abrigo rojo, guantes y un gorrito de lana. Hablaban de literatura (afición que compartían). A veces, su estimulante conversación continuaba en el portal (les daba la impresión de haber llegado más pronto de lo que esperaban).

Un día, ella le anuncia que su familia se traslada a la capital. Él tiene pensado hacer lo mismo, en cuanto sea posible, pero no se lo dice: será una sorpresa.

Con ese objetivo, firma muchas solicitudes y llama a muchas puertas. Todo el mundo está de acuerdo en que N. es un hombre simpático y eficiente, pero esa impresión general no da lugar a ningún cambio positivo en su status, tal como hubiera sido dable esperar.

Ajeno al desánimo, N. realiza sus actividades puntual y metódicamente. De vez en cuando –siempre por razones de trabajo-  se desplaza a algunas poblaciones vecinas. Una noche, en el tren que le lleva de retorno, un hombre que viaja con un escuálido perro, dormido a sus pies, dice: Éste sí que lleva una vida de perro… ¡y nunca se queja!

N. ha cumplido 41 años.

Cada vez piensa menos en la chica del abrigo rojo y en su propósito de buscarla cuando, por fin, consiga un trabajo en la capital.

Transcurre el tiempo y N. permanece en la misma ciudad, tosca y provinciana, de su juventud, aguardando la oportunidad de marcharse, que nunca se presenta, debido a motivos de la más diversa índole. Recuerda la frase de un autor al que ha estado leyendo hace poco: “después de todo, quizá la vida sea únicamente algo que les pasa a los demás”. Y ese pensamiento no le atormenta.

Aborrece el vacío y la inercia de los días festivos.

iglesia romanicaUn domingo de abril, para ocupar las horas de la mañana, va hasta un monte cercano (ha estado allí otras veces). Un paseo que permite disfrutar del aire del campo. En la cima, se alza una iglesia románica, ocasionalmente abierta al culto. Aquel día se celebra  alguna conmemoración religiosa, sin duda, pues el lugar está muy concurrido. Incluso el cura, después de misa, se mezcla entre los parroquianos que llenan la explanada de la capilla. Hay puestos de productos regionales y una orquesta, que anima el ambiente.

Retorna a pie, como de costumbre (le agradan los trayectos largos).

La primavera ya se anuncia en los almendros en flor que orillan algunos tramos del camino.

Recurrencias

1

Las heridas del cuerpo dejan su huella en la piel; todo lo contrario que las del alma, ajenas al proceso de regeneración natural de los tejidos. No las causan las armas, del tipo que sean, ni los golpes, sino los sentimientos, las vivencias, los tropiezos –a veces desafortunados- con la realidad de las cosas.

PupitreLa memoria juega un rol determinante en su persistencia (somos memoria y poco más).

Un paisaje, un determinado color, el inexorable paso del tiempo, contribuyen poderosamente a revivirlas, muy a nuestro pesar, como una racha de viento que esparce las hojas dormidas.

El patio de recreo, bajo la lluvia, refleja mortecinamente las luces del aula. Los alumnos siguen las explicaciones del profesor desde sus pupitres desgastados. Un cuaderno, abierto por la última página, reproduce una y otra vez el mismo nombre, trazado amorosamente en letras de un  idioma extranjero.

Una ciudad abierta y populosa, de aire límpido y suave brisa.

avesEn lo más alto del cielo, una bandada de aves migratorias atraviesa el infinito azul.

Torres de castillos o fortalezas se vislumbran en la distancia.

Debajo de los puentes fluyen, lentas, las aguas del río.

Una casita de dos pisos, en una calle tranquila, junto a un teatro y a un puesto de periódicos.

La imagen de una antigua película, congelada en la desnudez de una pared: un hermoso rostro lacrimoso, como el de una madonna, contempla un incendio lejano.

2

La total ausencia de opciones no es una opción, en sí misma, sino una incuestionable desventaja. La falta de carácter para afrontarla hace el resto.

EstacionSi el azar, bajo sus mil caprichosos lances, no ha intervenido en alguna medida, por escasa que sea, aportando alguna circunstancia favorable, la vida puede terminar asemejándose a una estación de tren, abandonada hace ya mucho tiempo, desde la que no se va a ninguna parte.

Podría afirmarse entonces que aquel jugador sin fortuna no acertó en la elección de su camino. Y que tan sólo, de vez en cuando, a través de sus vivencias más intensas, logró aproximarse fugazmente a la luz.

Entre amigos

Pushkin

Pushkin

Cierto marido agraviado, retó a duelo a Púshkin.

Dicho sujeto, lamentablemente, no erró el disparo, aunque no por ello perdió los cuernos. Púshkin es una gloria nacional y la gran referencia literaria del romanticismo ruso.

Gogol

Gogol

Gógol daba largos paseos por San Petersburgo.  A menudo se detenía a contemplar las frías aguas del Neva, en cuyas profundidades habitaban las almas de los siervos,  que no conocerían la resurrección.

Dostoievski llevaba en su rostro la huella indeleble de su paso por La Casa de los Muertos.

Chejov

Chejov

El estreno de La gaviota, de Chéjov, con Olga Knípper en el rol de Nina Saréchnaya y dirección del mismísimo Stanislavski, fue un fracaso. Como suele acontecer con frecuencia, el público no supo estar a la altura del autor. Más de cien años después de su fallecimiento, Chéjov  goza de una envidiable vitalidad; sus dramas se representan en medio mundo, traducidos a numerosos idiomas. Aquel hombre discreto y genial, con aspecto de profesor de escuela, dio vida, en el escenario, a la pequeña burguesía rural finisecular –clase social parasitaria, en el ocaso de su mediocre e irrelevante existencia—a través de una mirada crítica y compasiva a un mismo tiempo, propia de los grandes humanistas.

El telón del Teatro del Arte, en Moscú, reproduce la figura de una gaviota en pleno vuelo, homenaje a la que es, quizás, su pieza más representativa.

Ostrovski

Ostrovski

Nikolái Ostrovski murió a los 32 años, paralítico y casi ciego, a causa de una enfermedad neurológica, precisamente cuando la nueva vida por la que había luchado daba sus primeros frutos. Su novela Así se templó el acero dejó constancia de su breve y atormentado paso por el mundo, y se convirtió en el libro de cabecera de una juventud idealista y generosa, que se sintió identificada con el protagonista, su coraje y sufrimiento y, sobre todo,con su férrea voluntad de superación, incluso en las circunstancias más extremas, como lo ilustraba la propia vida del autor. El paso del tiempo hizo de Así se templó el acero un clásico de la joven y vigorosa literatura soviética.

Mayakovski

Mayakovski

Mayakovski fue sublime y excesivo. Cuando la vida se le antojó un traje demasiado estrecho, se deshizo de ella. Es decir, la vivió con plenitud, pero no la sobrevivió. Escribió poesía de vanguardia, maravillosos poemas de amor (dedicados a Lili Brik), estrofas fulgurantes, comprometidas,en consonancia con los tiempos que corrían - Acercaros a mí todos los que sufrís por no poder desatar los nudos que impiden la llegada del mañana-y consignas revolucionarias, como la celebérrima Tiene la palabra el camarada Máuser.

La estación del metro moscovita que lleva su nombre es semejante a un salón en el que muy bien podría celebrarse un baile de gala.

Makarenko

Makarenko

A.S. Makarenko fue pedagogo, es decir, forjador de almas, orfebre espiritual. Transformó (como  “el soplo del Espíritu sobre la arena”) desechos humanos –vagabundos, delincuentes, huérfanos, futura carne de hampa—en elementos útiles a la sociedad, en hombres y mujeres capaces de forjar nuevos horizontes. Salvó a toda una generación, condenada a una existencia marginal y miserable, haciendo germinar en ella el sentido de camaradería y generosidad, y los ideales éticos que ello implica. Sus novelas autobiográficas El poema pedagógico y Banderas en las torres testimonian la siembra y la cosecha llevada a cabo con inestimable vocación de sacrificio, y en tiempos ciertamente difíciles, por este educador ejemplar.

Gorki-2Máximo Gorki, nómada, poeta, combatiente y piedra angular del realismo social. En contacto con la realidad más atroz y descarnada, desde su niñez, se graduó, por méritos propios, en la dura escuela de la vida. La trilogía autobiográfica, de imprescindible lectura,  Infancia, Por el mundo y Mis universidades recoge fielmente el legado vital y literario de este inmenso escritor.

 

Una vieja guerra

A propósito de la novela El charanguista de Boquerón, de Adolfo Cáceres Romero

Entre los episodios más dramáticos de la Guerra del Chaco, que enfrentó a Bolivia y Paraguay (1932-1935), la denodada defensa y posterior caída del fortín Boquerón,  ocupa un lugar destacado en la historia de ese conflicto bélico, por las especiales circunstancias en las que se libró una batalla de tintes casi homéricos: algo más de quinientos efectivos bolivianos  –sin víveres, munición ni refuerzos—  resistieron durante veintiún días, en desigual y desesperada confrontación, el tenaz asedio de un ejército bien pertrechado, que contaba aproximadamente con diecisiete mil combatientes.

batalla-de-boqueron[1]El número total de bajas se estimó en cuatro mil (muy superiores en el bando paraguayo, pese a la manifiesta diferencia numérica entre atacantes y defensores). Por parte boliviana, alrededor de doscientos supervivientes fueron hechos prisioneros, y empleados luego en trabajos forzados hasta la finalización del conflicto.

Uno de ellos se llamaba Víctor Jiménez (el charanguista del título), músico por don natural, defensor de Boquerón,  cautivo durante dos años en suelo paraguayo, prófugo y, finalmente, músico ambulante por tierras de Argentina y Bolivia. Respecto a este tipo de personajes se suele decir que vivieron una vida “de novela”. Sin duda, así lo entendió el autor y lo hizo protagonista de su libro.

Tras una exhaustiva documentación (enriquecida por numerosos testimonios orales) Cáceres Romero no se limitó a escribir una crónica “histórica”, a la manera convencional, aportando algún que otro dato inédito y poca cosa más. Al contrario, convirtió ese valioso material en una narración áspera y vertiginosa, en la que se suceden ardorosos combates, escaramuzas mortíferas, enfrentamientos cuerpo a cuerpo, sobre un lodazal de sangre, entrañas desparramadas y huesos rotos, bajo un sol inclemente; pesadilla dantesca de ruido y muerte, atravesada por gritos de agonía y voces que suplicaban el tiro de gracia que pusiera fin al tormento de unos cuerpos irreparablemente mutilados que, sin embargo, parecían aferrarse a la vida con porfiada tenacidad.

148839_3_30Con ecos de El fuego, de Henri Barbusse (espeluznante crónica de la Gran Guerra en el frente francés), el primer tercio de la novela posee sobrados méritos para figurar entre las mejores páginas de la literatura boliviana referida a la contienda del Chaco, como Sangre de mestizos, de Augusto Céspedes, Laguna H3, de Costa du Rels, o la imprescindible Masamaclay, de Roberto Querejazu Calvo.

Narrativa realista en la plena acepción del término, con implicaciones sociales y políticas, propias de la novela boliviana posterior a la guerra del Chaco, que manifestaba una justificada acritud respecto a la estrategia del Alto Mando del Ejército, que condenó a miles de combatientes a una muerte segura.

CaceresDistinguido como Ciudadano meritorio del país por el gobierno nacional el año 2009, Adolfo Cáceres Romero pertenece a la denominada “generación del 37”, junto a escritores de la talla de Renato Prada Oropeza y Jesús Urzagasti,  cuya obra, en general,  es insuficientemente conocida por los lectores de hoy.

Desde los inicios de su carrera literaria (1960-1970), Cáceres Romero fue acreedor a numerosos premios (Fundación Edmundo Camargo, Erich Guttentag, etc.) Autor de cinco novelas y siete libros de relatos, publicó también ensayos y obras de consulta (Nueva Historia de la Literatura Boliviana (3 volúmenes), Diccionario de la Literatura Boliviana, Antología de la Poesía Boliviana del Siglo XX (edición bilingüe español-francés) y dos volúmenes de poesía y narrativa en lengua quechua.

El charanguista de Boquerón fue galardonada con el Premio Nacional de Novela “Marcelo Quiroga Santa Cruz”, correspondiente al año 2013.

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