Apuntes para una novela

NUna ciudad de provincias. Escenario imperturbable en el que se ha detenido el tiempo, a la espera de una representación (¿drama, comedia?) que nunca tendrá lugar.

Días idénticos a los centenares y miles que les precedieron, el mismo paisaje urbano: jubilados, amas de casa, talleres, un supermercado, bares, fútbol televisado.

N. pasa desapercibido como todos, como todo.

En su habitación, los libros ocupan la mayor parte del espacio. N. se sumerge  en la lectura como en un deleite prohibido. Nunca se va a dormir antes de la una de la madrugada y se levanta con la primera llamada a misa del campanario de una iglesia cercana. La ventana del cuarto da a la calle principal. Concurrida a mediodía, apenas se ve a nadie después de ponerse el sol.

biblioteca-personalA menudo, N. viaja con la imaginación, espoleado por las historias que lee; siente deseo de vivir las experiencias de aquellos personajes con quienes se identifica. El desasosiego de los grandes escritores – en general, no se muestran demasiado satisfechos con la vida que les tocó vivir- le reconforta. En una libreta de notas, apunta las frases que juzga más relevantes, por su sabiduría y profundidad: “Me siento como el reflejo de un hombre en el agua”, “Lo verdaderamente importante aún no ha empezado”, “Lo esencial es invisible a los ojos”, etc.

Anhela, en secreto, dejar atrás su opresivo entorno, construir, en otra parte,  algo parecido a una existencia gratificante, sobre las cenizas del tiempo malgastado. Le complace imaginarse el futuro como una hermosa ciudad adormecida bajo el sol, a la que un día llegará, tras un largo camino.

En su memoria vive un nombre, un rostro.

mujer abrigo rojoCoincidían casi a diario en las escaleras de un edificio de oficinas; ella era mecanógrafa en una Notaría—2º piso–; él, pasante de abogado (aprendía y practicaba a la vez), iba por allí a efectuar algunos trámites. Intercambiaban saludos; después, unas cuantas frases, hasta el día en que, sin proponérselo, ensimismado en la conversación, la acompañó hasta su casa. El trayecto era largo y eso le agradaba… y, por lo visto, también a ella. Si hacía frío (seis meses al año), ella llevaba un abrigo rojo, guantes y un gorrito de lana. Hablaban de literatura (afición que compartían). A veces, su estimulante conversación continuaba en el portal (les daba la impresión de haber llegado más pronto de lo que esperaban).

Un día, ella le anuncia que su familia se traslada a la capital. Él tiene pensado hacer lo mismo, en cuanto sea posible, pero no se lo dice: será una sorpresa.

Con ese objetivo, firma muchas solicitudes y llama a muchas puertas. Todo el mundo está de acuerdo en que N. es un hombre simpático y eficiente, pero esa impresión general no da lugar a ningún cambio positivo en su status, tal como hubiera sido dable esperar.

Ajeno al desánimo, N. realiza sus actividades puntual y metódicamente. De vez en cuando –siempre por razones de trabajo-  se desplaza a algunas poblaciones vecinas. Una noche, en el tren que le lleva de retorno, un hombre que viaja con un escuálido perro, dormido a sus pies, dice: Éste sí que lleva una vida de perro… ¡y nunca se queja!

N. ha cumplido 41 años.

Cada vez piensa menos en la chica del abrigo rojo y en su propósito de buscarla cuando, por fin, consiga un trabajo en la capital.

Transcurre el tiempo y N. permanece en la misma ciudad, tosca y provinciana, de su juventud, aguardando la oportunidad de marcharse, que nunca se presenta, debido a motivos de la más diversa índole. Recuerda la frase de un autor al que ha estado leyendo hace poco: “después de todo, quizá la vida sea únicamente algo que les pasa a los demás”. Y ese pensamiento no le atormenta.

Aborrece el vacío y la inercia de los días festivos.

iglesia romanicaUn domingo de abril, para ocupar las horas de la mañana, va hasta un monte cercano (ha estado allí otras veces). Un paseo que permite disfrutar del aire del campo. En la cima, se alza una iglesia románica, ocasionalmente abierta al culto. Aquel día se celebra  alguna conmemoración religiosa, sin duda, pues el lugar está muy concurrido. Incluso el cura, después de misa, se mezcla entre los parroquianos que llenan la explanada de la capilla. Hay puestos de productos regionales y una orquesta, que anima el ambiente.

Retorna a pie, como de costumbre (le agradan los trayectos largos).

La primavera ya se anuncia en los almendros en flor que orillan algunos tramos del camino.

Recurrencias

1

Las heridas del cuerpo dejan su huella en la piel; todo lo contrario que las del alma, ajenas al proceso de regeneración natural de los tejidos. No las causan las armas, del tipo que sean, ni los golpes, sino los sentimientos, las vivencias, los tropiezos –a veces desafortunados- con la realidad de las cosas.

PupitreLa memoria juega un rol determinante en su persistencia (somos memoria y poco más).

Un paisaje, un determinado color, el inexorable paso del tiempo, contribuyen poderosamente a revivirlas, muy a nuestro pesar, como una racha de viento que esparce las hojas dormidas.

El patio de recreo, bajo la lluvia, refleja mortecinamente las luces del aula. Los alumnos siguen las explicaciones del profesor desde sus pupitres desgastados. Un cuaderno, abierto por la última página, reproduce una y otra vez el mismo nombre, trazado amorosamente en letras de un  idioma extranjero.

Una ciudad abierta y populosa, de aire límpido y suave brisa.

avesEn lo más alto del cielo, una bandada de aves migratorias atraviesa el infinito azul.

Torres de castillos o fortalezas se vislumbran en la distancia.

Debajo de los puentes fluyen, lentas, las aguas del río.

Una casita de dos pisos, en una calle tranquila, junto a un teatro y a un puesto de periódicos.

La imagen de una antigua película, congelada en la desnudez de una pared: un hermoso rostro lacrimoso, como el de una madonna, contempla un incendio lejano.

2

La total ausencia de opciones no es una opción, en sí misma, sino una incuestionable desventaja. La falta de carácter para afrontarla hace el resto.

EstacionSi el azar, bajo sus mil caprichosos lances, no ha intervenido en alguna medida, por escasa que sea, aportando alguna circunstancia favorable, la vida puede terminar asemejándose a una estación de tren, abandonada hace ya mucho tiempo, desde la que no se va a ninguna parte.

Podría afirmarse entonces que aquel jugador sin fortuna no acertó en la elección de su camino. Y que tan sólo, de vez en cuando, a través de sus vivencias más intensas, logró aproximarse fugazmente a la luz.

Entre amigos

Pushkin

Pushkin

Cierto marido agraviado, retó a duelo a Púshkin.

Dicho sujeto, lamentablemente, no erró el disparo, aunque no por ello perdió los cuernos. Púshkin es una gloria nacional y la gran referencia literaria del romanticismo ruso.

Gogol

Gogol

Gógol daba largos paseos por San Petersburgo.  A menudo se detenía a contemplar las frías aguas del Neva, en cuyas profundidades habitaban las almas de los siervos,  que no conocerían la resurrección.

Dostoievski llevaba en su rostro la huella indeleble de su paso por La Casa de los Muertos.

Chejov

Chejov

El estreno de La gaviota, de Chéjov, con Olga Knípper en el rol de Nina Saréchnaya y dirección del mismísimo Stanislavski, fue un fracaso. Como suele acontecer con frecuencia, el público no supo estar a la altura del autor. Más de cien años después de su fallecimiento, Chéjov  goza de una envidiable vitalidad; sus dramas se representan en medio mundo, traducidos a numerosos idiomas. Aquel hombre discreto y genial, con aspecto de profesor de escuela, dio vida, en el escenario, a la pequeña burguesía rural finisecular –clase social parasitaria, en el ocaso de su mediocre e irrelevante existencia—a través de una mirada crítica y compasiva a un mismo tiempo, propia de los grandes humanistas.

El telón del Teatro del Arte, en Moscú, reproduce la figura de una gaviota en pleno vuelo, homenaje a la que es, quizás, su pieza más representativa.

Ostrovski

Ostrovski

Nikolái Ostrovski murió a los 32 años, paralítico y casi ciego, a causa de una enfermedad neurológica, precisamente cuando la nueva vida por la que había luchado daba sus primeros frutos. Su novela Así se templó el acero dejó constancia de su breve y atormentado paso por el mundo, y se convirtió en el libro de cabecera de una juventud idealista y generosa, que se sintió identificada con el protagonista, su coraje y sufrimiento y, sobre todo,con su férrea voluntad de superación, incluso en las circunstancias más extremas, como lo ilustraba la propia vida del autor. El paso del tiempo hizo de Así se templó el acero un clásico de la joven y vigorosa literatura soviética.

Mayakovski

Mayakovski

Mayakovski fue sublime y excesivo. Cuando la vida se le antojó un traje demasiado estrecho, se deshizo de ella. Es decir, la vivió con plenitud, pero no la sobrevivió. Escribió poesía de vanguardia, maravillosos poemas de amor (dedicados a Lili Brik), estrofas fulgurantes, comprometidas,en consonancia con los tiempos que corrían - Acercaros a mí todos los que sufrís por no poder desatar los nudos que impiden la llegada del mañana-y consignas revolucionarias, como la celebérrima Tiene la palabra el camarada Máuser.

La estación del metro moscovita que lleva su nombre es semejante a un salón en el que muy bien podría celebrarse un baile de gala.

Makarenko

Makarenko

A.S. Makarenko fue pedagogo, es decir, forjador de almas, orfebre espiritual. Transformó (como  “el soplo del Espíritu sobre la arena”) desechos humanos –vagabundos, delincuentes, huérfanos, futura carne de hampa—en elementos útiles a la sociedad, en hombres y mujeres capaces de forjar nuevos horizontes. Salvó a toda una generación, condenada a una existencia marginal y miserable, haciendo germinar en ella el sentido de camaradería y generosidad, y los ideales éticos que ello implica. Sus novelas autobiográficas El poema pedagógico y Banderas en las torres testimonian la siembra y la cosecha llevada a cabo con inestimable vocación de sacrificio, y en tiempos ciertamente difíciles, por este educador ejemplar.

Gorki-2Máximo Gorki, nómada, poeta, combatiente y piedra angular del realismo social. En contacto con la realidad más atroz y descarnada, desde su niñez, se graduó, por méritos propios, en la dura escuela de la vida. La trilogía autobiográfica, de imprescindible lectura,  Infancia, Por el mundo y Mis universidades recoge fielmente el legado vital y literario de este inmenso escritor.

 

Una vieja guerra

A propósito de la novela El charanguista de Boquerón, de Adolfo Cáceres Romero

Entre los episodios más dramáticos de la Guerra del Chaco, que enfrentó a Bolivia y Paraguay (1932-1935), la denodada defensa y posterior caída del fortín Boquerón,  ocupa un lugar destacado en la historia de ese conflicto bélico, por las especiales circunstancias en las que se libró una batalla de tintes casi homéricos: algo más de quinientos efectivos bolivianos  –sin víveres, munición ni refuerzos—  resistieron durante veintiún días, en desigual y desesperada confrontación, el tenaz asedio de un ejército bien pertrechado, que contaba aproximadamente con diecisiete mil combatientes.

batalla-de-boqueron[1]El número total de bajas se estimó en cuatro mil (muy superiores en el bando paraguayo, pese a la manifiesta diferencia numérica entre atacantes y defensores). Por parte boliviana, alrededor de doscientos supervivientes fueron hechos prisioneros, y empleados luego en trabajos forzados hasta la finalización del conflicto.

Uno de ellos se llamaba Víctor Jiménez (el charanguista del título), músico por don natural, defensor de Boquerón,  cautivo durante dos años en suelo paraguayo, prófugo y, finalmente, músico ambulante por tierras de Argentina y Bolivia. Respecto a este tipo de personajes se suele decir que vivieron una vida “de novela”. Sin duda, así lo entendió el autor y lo hizo protagonista de su libro.

Tras una exhaustiva documentación (enriquecida por numerosos testimonios orales) Cáceres Romero no se limitó a escribir una crónica “histórica”, a la manera convencional, aportando algún que otro dato inédito y poca cosa más. Al contrario, convirtió ese valioso material en una narración áspera y vertiginosa, en la que se suceden ardorosos combates, escaramuzas mortíferas, enfrentamientos cuerpo a cuerpo, sobre un lodazal de sangre, entrañas desparramadas y huesos rotos, bajo un sol inclemente; pesadilla dantesca de ruido y muerte, atravesada por gritos de agonía y voces que suplicaban el tiro de gracia que pusiera fin al tormento de unos cuerpos irreparablemente mutilados que, sin embargo, parecían aferrarse a la vida con porfiada tenacidad.

148839_3_30Con ecos de El fuego, de Henri Barbusse (espeluznante crónica de la Gran Guerra en el frente francés), el primer tercio de la novela posee sobrados méritos para figurar entre las mejores páginas de la literatura boliviana referida a la contienda del Chaco, como Sangre de mestizos, de Augusto Céspedes, Laguna H3, de Costa du Rels, o la imprescindible Masamaclay, de Roberto Querejazu Calvo.

Narrativa realista en la plena acepción del término, con implicaciones sociales y políticas, propias de la novela boliviana posterior a la guerra del Chaco, que manifestaba una justificada acritud respecto a la estrategia del Alto Mando del Ejército, que condenó a miles de combatientes a una muerte segura.

CaceresDistinguido como Ciudadano meritorio del país por el gobierno nacional el año 2009, Adolfo Cáceres Romero pertenece a la denominada “generación del 37”, junto a escritores de la talla de Renato Prada Oropeza y Jesús Urzagasti,  cuya obra, en general,  es insuficientemente conocida por los lectores de hoy.

Desde los inicios de su carrera literaria (1960-1970), Cáceres Romero fue acreedor a numerosos premios (Fundación Edmundo Camargo, Erich Guttentag, etc.) Autor de cinco novelas y siete libros de relatos, publicó también ensayos y obras de consulta (Nueva Historia de la Literatura Boliviana (3 volúmenes), Diccionario de la Literatura Boliviana, Antología de la Poesía Boliviana del Siglo XX (edición bilingüe español-francés) y dos volúmenes de poesía y narrativa en lengua quechua.

El charanguista de Boquerón fue galardonada con el Premio Nacional de Novela “Marcelo Quiroga Santa Cruz”, correspondiente al año 2013.

Back In the USSR

Dedicado a José Luis Unibaso Ansoleaga, “Pablo”

 1

Jose Luis Unibaso

José Luis Unibaso y el crucero soviético “Aurora”

Mi pueblo natal, Leoia, en Vizcaya, ha quedado atrás.

Y todas mis posesiones materiales, de las que prescindiré durante algún tiempo: un lecho, libros, carteles, una sufrida máquina de escribir…

El viento me lleva hacia un sueño que sólo se vive despierto.

Es tiempo de descanso.

El merecido recreo del obrero.

Lluvia de primavera sobre el acero templado.

2

Apretones de manos.

Palabras de bienvenida.

Camaradas, antiguos y nuevos.

Muchachas de tez nacarada  prodigan besos y abrazos que nos contagian la pureza del amanecer.

3

Domingo de mayo. La ritual comida campestre.

1978 Lenin

Estatua de Lenin en el Kremlin

Luz, aromas, colores.

Una mesa bien provista, bajo la arboleda.

Doy un paseo por la orilla del río y ocupo después el asiento que tengo reservado.

Las notas de un acordeón serpentean en el aire.

Voces femeninas, dulces y cálidas como puñados de trigo, entonan alegres melodías.

Comemos despacio.

Bebemos con parsimonia.

Y conversamos.

Antiguos y nuevos camaradas, reunidos.

La fe es nuestra casa común.

Se respira, junto al olor del bosque, la eternidad, comparable a un árbol invisible, cargado de frutos y de canciones.

4

Quien sólo vive de sueños, tiene miedo de despertar. De perecer, en la oscuridad y el anonimato,  como las bestias de la selva, condenadas únicamente a luchar por la supervivencia.

Por el contrario, quien vive un sueño convertido en realidad, no abriga ningún temor. En paz o en guerra, su muerte no será una más, porque un hombre íntegro continúa existiendo en el alma de la colectividad que contribuyó a forjar. Está destinado a dejar huella. En esta vida, y en la de los que le sobrevivirán.

5

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El obrero y la campesina

Cedo a la tentación de regalarme una breve siesta y me tiendo a la sombra de un árbol. El sol se filtra entre el ramaje y llega hasta mí dulcemente, como el abrazo de una novia.

Una manzana cae a tierra, madura, espléndida, como un regalo del cielo. La contemplo unos instantes, acariciándola, y me la llevo a los labios.


6

Desde la tribuna de honor, el panorama es inaudito, esplendoroso.

Banderas en las torres se agitan al viento; cual llamaradas, incendian el paisaje, multiplicando por doquier el símbolo imperecedero de la patria.

Una abigarrada multitud saluda con la mano.

Sones marciales se elevan a lo alto, como salvas de artillería, y una caravana interminable de armamento pesado se desplaza ante nosotros con poderosa cautela.

Le suceden regimientos de jóvenes soldados que marchan como un  solo hombre y muchachas de uniforme, luciendo en el cuello un flamígero distintivo, la luz del cielo reflejada en sus pupilas.

Todos se incorporan y aplauden.

Mi corazón se funde en una jubilosa fragua de esperanza y poderío.

Las flores depositadas en el altar patrio forman una fresca y olorosa alfombra. Honran el dolor de las madres, esposas, hijos y novias cuyos seres queridos no regresaron del frente. En el invierno de aquellos días infaustos, se fundieron con la nieve y enriquecieron el caudal de los ríos.   El nombre de los caídos se convirtió en mármol y estrellas.

7

Kremlin_Clock_tower_at_night

La estrella roja sobre el Kremlin

Muy tarde, cuando ya hace mucho que la noche ha tomado el relevo del gran día que acabamos de vivir, camaradas, antiguos y nuevos, aún conversamos a la luz de la luna.

Antes de retirarme a descansar, desde mi atalaya ciudadana, dirijo una mirada a la gigantesca urbe que duerme, y que semeja un apacible océano de luces, resguardado por la silueta colosal de sus cinco rascacielos de granito, rematados por estrellas de cinco puntas, cuyo indeclinable fulgor se eleva hacia el firmamento.

Space monument

Monumento espacial

Estrellas rojas, estrellas-centinela, guardianas de la patria venerable.

En sueños, como otras veces, contemplo una blanca vela que boga en un horizonte pintado de azul cobalto. Desciendo por el acantilado, hasta la playa y, sobre la arena, aguardo tranquilamente a que se aproxime a la orilla.

El recreo del académico

Renato-Prada-en-la-UNAMRenato Prada Oropeza (1937-2011), fue el primer escritor boliviano que obtuvo en Premio Casa de las Américas (La Habana, 1969), por su obra Los fundadores del alba, que ganó, ese mismo año, el “Erich Guttentag” a la mejor novela nacional, en Bolivia.

Autor de siete novelas, ocho volúmenes de cuentos y dos libros de poemas, su curriculum académico es aún más destacado, si cabe: doctorado en Filosofía (Roma, 1972) y en Lingüística (Lovaina, 1976), fue investigador y profesor de Teoría Literaria, hermenéutica y semiótica, durante más de tres décadas, en las universidades de Xalapa y Puebla (México), y publicó un total de quince libros de su especialidad.

El año 2009 seguía en activo, con el mismo entusiasmo por transmitir sus conocimientos que al inicio de su carrera docente. Por desgracia, una gravísima enfermedad le apartó de la cátedra. 2010 fue un año aciago, y también buena parte del siguiente, hasta su deceso, en la primera semana de septiembre del 2011.

Su extraordinaria calidad humana e intelectual permanece en el recuerdo de quienes le conocimos, su talante bonachón y su sentido del humor… Y, cómo no, su declarado amor por las maravillas pictóricas y arquitectónicas de la Italia renacentista, repartidas en incontables ciudades, grandes y pequeñas, que Renato llegó a conocer a la perfección, durante largas y sosegadas visitas (muchas de ellas, en compañía de su amigo del alma, Fabio Sesti, profesor de Bellas Artes,  auténtico erudito en su materia, con quien compartió tres decenios de inquebrantable amistad.

El objeto de esta tardía reseña se circunscribe a dos novelas cortas, publicadas con carácter póstumo: El tercer asesino y Hotel Taj Majal, simples “divertimentos” sin propósito específico, escritas al azar de la imaginación. (Un narrador, a fuerza de serlo, se acostumbra a jugar con las palabras).

El tercer asesinoEn El tercer asesino (novela policiaca o algo así), se dan cita delincuentes de “cuello blanco” (también de los otros), un gobierno “democrático” que trabaja únicamente en beneficio propio, tráfico de influencias, niditos de amor para Vips y hasta un cura pederasta, representativo, es de suponer, de la deleznable fauna que parece gozar de impunidad en esta vida y también en la próxima (si bien es de esperar que allí se aburrirá de lo lindo, pues, según se dice, los ángeles no tienen sexo).

En suma, un pasticiaio (embrollo) en tono menor que, ciertamente, no pretende emular al ya famoso de Via Merulana; en todo caso, un guiño de complicidad por parte del autor, dada la incondicional admiración que Prada profesaba por la novela-experimento de Carlo Emilio Gadda.

Hotel Taj MahalHotel Taj Majal evoca, en sus inicios, una de las novelas emblemáticas de Prada (El último filo, 1975) a través de un personaje atrapado en una sucesión de impredecibles acontecimientos, si bien pronto se decanta hacia una narración sin trasfondo críptico. El protagonista no es Rulfo, precisamente, sino, tan solo, el “profesor”, que llega a México DF el día en que un terremoto siembra caos y desconcierto en la capital federal. Pese a este contratiempo, consigue alojarse –tal como lo tenía previsto-, sano y salvo, en el hotel Taj Majal (haciendo honor a su nombre, sus lujosas instalaciones irradian un inequívoco aire “oriental”).

Se le asigna una habitación en la quinta planta; algo más tarde, una pasajera, Laura, ocupa una estancia contigua a la suya. Ajena al boato que la rodea, la chica se interesa por recabar información respecto al congreso académico que tendrá lugar en los próximos días y, en especial, al paradero de uno de los asistentes… Se trata precisamente del “profesor” que acabamos de conocer, a quien, sin sospecharlo, Laura tiene puerta de por medio o, dicho de otro modo, casi al alcance de la mano.

Éste, a su vez, intrigado por las idas y venidas de su vecina –y aprovechando una de sus numerosas ausencias- se cuela en su habitación, en la que encuentra el diario de Laura. Empieza a leerlo, por encima, hasta que la perplejidad se apodera de él, al reconocerse en los acontecimientos descritos: años atrás, Laura había conocido a un joven estudiante de Filosofía, de quien estaba enamorada; no obstante, por motivos de estudio, el chico había tenido que viajar al extranjero. Desde entonces, no había vuelto a tener noticias suyas. Cierto día, recorriendo un museo londinense, Laura encontró casualmente a una antigua amiga (de ambos), enterándose que el muchacho era, en la actualidad, un prestigioso catedrático y que, próximamente, participaría en un congreso internacional de su especialidad, a celebrarse en México DF. Ilusionada ante la posibilidad de verlo, Laura llega a la capital el mismo día en que el seísmo pone todo patas arriba. El “profesor” se sume en atropellados y contradictorios pensamientos, determinando, por fin, que lo más razonable era aguardar a que Laura regresase al hotel, anticipando que su sorpresa sería tan grande como la suya, aunque… ¿Y si ella no resultaba ser quien él pensaba o –peor aún- él era otro, distinto a quien ella anhelaba ver?

¿Estamos ante la metáfora del “laberinto fundacional” (la búsqueda de sí mismo) o, por el contrario –como lo adelantábamos- todo consiste simplemente en la broma de un narrador habilidoso y socarrón?

On & off

chilling-in-manicomioEl profesor y yo damos un paseo todas las mañanas, a la misma hora. No formula preguntas ni toma notas, como al principio. Poco a poco, nuestras conversaciones se han instalado en la confortable volatilidad de lo banal. Hizo el doctorado en París, es seguidor del Sporting de Lisboa; a mí me agrada Sandra, la cantante pop alemana, las novelas de viajes, el otoño… Cualquiera vería en nosotros a dos buenos colegas, de no ser por su impecable bata blanca y mi impersonal uniforme de residente.

Caminar en círculos no conduce a ninguna parte.

En medio de una sociedad alienada en la que la mayoría de las personas son mezquinas, vulgares –incluso repulsivas- tienes que encontrar tus propias razones para vivir.

Todo individuo es imperfecto, limitado, incluidos tú y yo. Nadie nace exento de los condicionamientos derivados de factores ajenos a su voluntad:  raza, sexo, lugar de origen, época histórica, posición social, etc. Por eso, el camino hacia una deseable madurez está repleto de escollos.

sanatorio5Las supuestas “opciones” por las que puedes decantarte son producto de un concepto escolástico, tramposo, denominado libre albedrío, según el cual terminas siendo quien has decidido ser, como si existieras en un limbo incontaminado de prejuicios y de lugares comunes y tu voluntad, por lo tanto, no estuviese influida por el entorno social del que procedes. Una utopía, en suma, tan engañosa como un orden social (imaginario), basado en la ausencia de orden, de principios, de autoridad:  puro ejercicio de irresponsabilidad disfrazado de filosofía política.

El primer paso consiste en aceptar la realidad, enfrentarse a ella: en buena medida, comprobarás que, en el fondo, se trata de una confrontación contigo mismo. ¿Podía ser de otro modo?  Tu voluntad y el mundo real son adversarios naturales y tu verdadero yo no puede aflorar sin resolver esa cuestión elemental. En otras palabras, debes buscar tu propio lugar en medio de los demás, resistir, aprender… La huída no es una “opción” (ya sabes que detesto esa palabra, pero en este caso la empleo en sentido estricto). Zambullirse en aguas oscuras, con la placentera sensación de sentirse arrastrado al fondo, puede resultar tentador, pero constituye  una insensatez, un acto de cobardía:  la vida está ahí para vivirla:  ante todo, considérala un don y no una desafortunada casualidad. Debes coger la parte que te corresponde, sin esperar a que los frutos de ese árbol maravilloso lleguen a tus manos, por las buenas…

HuidaRuido de cristales rotos. Una voz de alarma. Avanzo sobre una superficie inclinada, tropiezo, caigo de bruces. Dos celadores me inmovilizan brazos y piernas y me llevan en volandas, alejándome del peligro…

El profesor viene a verme todos los días, pero se limita a intercambiar algunas frases con sus asistentes. Vislumbro difusamente su rostro, pues no llevo puestas mis gafas; intuyo, sin embargo, su contrariedad, detrás de su calculado silencio, de sus cautelosos ademanes. Preferiría que se encarase conmigo, que me insultase, para intentar defenderme:  no recuerdo nada, lo que haya podido hacer, no fue a propósito, etc. No obstante, un pecador, por muy arrepentido que esté, ha de cumplir su penitencia. La mía, en estos momentos, consiste simplemente en volver a empezar. Mi yo malo sometido de nuevo a tutela…

Sin conciencia de estar vivo, no vives de verdad.

Instalarse en las apariencias representa una impostura cuyo resultado es, precisamente, una vida en falso.

Cuando por fin llegues a entenderlo, esperemos que no sea demasiado tarde.

El Enemigo Interior

1

Payaso

Deambulo por un espacio abierto, iluminado por reclamos multicolores, como los de una feria.  Una multitud se congrega ante un escenario, donde un sujeto, entre payaso y prestidigitador, vestido con un atuendo de pésimo gusto, cubierto de logotipos y marcas comerciales, ejecuta lo que parece algún tipo de juegos malabares. De súbito, un hombre (intuyo que ha subido por detrás,  oculto a la vista del público), asesta varias puñaladas al anunciante, que se desploma aparatosamente, llevándose las manos al pecho. ¡Por fin he matado al vendedor de servidumbres!, proclama el agresor, enseñando un cuchillo ensangrentado, de descomunales proporciones. El público parece disgustado  y corre hacia él, como una marea viviente, destrozando todo a su paso, con el evidente propósito de lincharlo.

2

Llueve. El lóbrego aspecto de la callejuela por la que transito parece condensar toda la melancolía y la desolación de aquella hora crepuscular.

backstreet

Junto a un portal, sentado, las rodillas juntas y una gorra de visera que le cubre los ojos,  un sujeto de dudosa catadura me alarga una pistola. ¿Ha venido alguien más, hoy?, indago. En la calle del Último Día nunca faltan clientes, responde. Sopeso el arma,  compruebo que está cargada y, parsimoniosamente, me la aproximo a la cabeza. ¿No olvida algo, hombrecito? –dice, sujetándome el brazo. Hago un ademán de disculpa, extraigo de mi cartera tres o cuatro billetes arrugados (el precio exacto de la bala que me está destinada). El extraño vendedor cuenta el dinero y me tiende nuevamente la pistola. Vaya ahí, detrás de esa pared, indica. Es más discreto…

3

Avanzo entre la maleza, respirando con dificultad, si bien no tengo conciencia de haber corrido ni de estar huyendo de ningún perseguidor.

En un claro del bosque, hay una gran roca, desgastada por la intemperie. Posado sobre ella, un viejo buitre, ciego;  sus patas callosas están sujetas por unos grilletes  cuya cadena desaparece bajo tierra. Un letrero, descolorido, como un reclamo olvidado por el tiempo, reza: Cautivos de la vida, únicamente la muerte puede liberarnos. El animal da muestras de haber percibido mi presencia. Aterrorizado, procuro dar un rodeo, pero mis pies no consiguen vencer la resistencia del terreno fangoso en el que estoy hundiéndome.

4

art-rene-magritte-la-therapeute-1941-1Me encuentro en el interior de un local penumbroso y mal ventilado, de los que abundan en los barrios más degradados de la ciudad. El encargado, apenas visible en la media luz, no responde a mi saludo. Encima del mostrador, hay expuestas vísceras humanas de distintos tamaños. Estupefacto, le reprocho por la manifiesta ilegalidad de su mercancía, amenazándole con denunciarlo en el acto. Vamos, señor, compre algo en lugar de meterse con un pobre desgraciado, dice. Aún me quedan el corazón y los pulmones, pero si espera demasiado, no le servirán… Y se abre la camisa, enseñando una horrible y oscura cavidad excavada en su pecho.

5

old_creepy_tree_houseUna pequeña verja da a un jardincillo escueto, cubierto de hojarasca. Un letrero, situado en la fachada, anuncia la próxima demolición de aquella casa deshabitada. No obstante, escudriño por la ventana y alcanzo a ver la cabecera de un catre, el marco polvoriento de un cuadro, un retazo de alfombra. Una leve brisa mueve los visillos, que nadie parece haber cambiado desde hace años. Con la sensación de que preciso ver a alguien, me siento a esperar en el descansillo. Al cabo de un rato, me pregunto: ¿Y si ya está dentro…? Puede haber llegado de madrugada, o anoche, o hace mucho tiempo… Decido volver a mi puesto de observación –forzar la ventana, si es preciso- pero no la encuentro, y mis manos se deslizan, inútiles, por la áspera superficie de una interminable pared; conforme avanzo, todo empieza a desvanecerse en torno a mí, como en un lento fundido cinematográfico. Me invade la aterradora certeza de que mi propio sueño, conmigo dentro, ha empezado a devorarme…

 

Quai des brumes (1938) – Segunda parte

TituloNelly me contó que tuviste un mal encuentro con Brévin, dice Rouben. Apareció de pronto, empezó a acosarla, luego me llamó patán… Un tipo malencarado, que llevaba el coche, parecía dispuesto a liarse conmigo. Va siempre acompañado, por si hace falta atizarle a alguien. Tiene un par de bares, algunos meublés, hace contrabando… Ronda a Nelly desde hace algún tiempo, pero ella lo detesta, como ya te lo habrá dicho… Eso se ve en seguida, Rouben –corrobora Jean-.  Es lo que me agrada de ella, está viva, se rebela, lo mismo que yo. Creo que te has enamorado, Jean. Me basta pensar en ella para ponerme contento, incluso en días como este… Me alegro por ti. Lo mejor de la vida es  vivirla, al contrario de lo que le pasó a mi camarada Julien… Gracias a ti, no puedo quejarme, Rouben: hace unos días, no hubiera reconocido ni a mi propia sombra. En cambio, ahora, he ganado un amigo, tengo una chica y estoy a punto de ser otro hombre… Carette, ¿qué dijo? Dos días más, a lo sumo, tres. Te invito una copa, hombre nuevo, y te deseo lo mejor. No quiero ser toda mi vida una especie de heroecillo incomprendido, esperando su gran momento, ¿comprendes?… Incluso los grandes hombres, Jean, no llevan la vida que merecerían, únicamente la que pueden permitirse. ¡Menos mal que soy un sujeto normal! Vamos, bébete esa copa… Me iré a América del Sur, ¿cómo lo ves? Fantástico, navegarás por una tranquila corriente, debajo de arboledas pobladas de monos y cacatúas, y nunca más tendrás que preocuparte por la noche que se avecina… Hablas como si lo hubieras visto. Lo vi, hace muchos años, cuando era joven, responde Rouben.

quai_des_brumesBrévin entra en la tienda y saluda,  llevándose la mano al sombrero. Nelly lo ignora. Los periódicos… ¿son de hoy?, inquiere  burlonamente, reclinándose contra el mostrador. No le veo leyendo las noticias, señor Brévin, observa Nelly. Para estar bien informado, no necesito esta basura, replica él. ¿Viene solo? -insiste ella, con intención-. A esta hora, hay poca gente por la calle, no debería andar sin protección… ¿Y el tipejo que te acompañaba el otro día? Ese no es asunto suyo, señor Brévin, responde Nelly con firmeza. Brévin la coge imprevistamente por la barbilla: mírame cuando te hablo, niña, ¿para quién guardas tus atenciones? Si recibes alguna, quiero decir, vestida así, como si volvieras de un entierro… Te resistes a convertirte en una señora de verdad, ¿eh?  Cuando retire mi oferta, te arrepentirás… Váyase al diablo, señor Brévin.

6-passionLa campanilla de la puerta repica suavemente. Es Jean. La mirada torva de Brévin cae sobre él como una descarga de plomo. Jean se rehace de la sorpresa y pide un paquete de cigarrillos. Nelly se apresura en atenderlo. Brévin adivina que Jean venía de visita y sonríe maliciosamente. Estás despachado, ya puedes irte, patán –dice, sin mirar a Jean-. Y de hoy en adelante, ve a otro sitio a comprarlos, ¿me has oído? El estanco de Nelly no es el único en la ciudad… Jean se vuelve, despacio. ¡Vaya, es usted!, finge sorprenderse. La última vez, le faltó tiempo para salir por piernas. ¿Hoy no le acompaña su niñera? Ya me has oído, ¡fuera!, responde Brévin. Hay otros estancos, cierto, pero el de Nelly me cae más a mano… -responde Jean, sin inmutarse- ¿Alguna otra sugerencia? No venías a buscar cigarrillos, sino a visitarla –le recrimina Brévin-.Te lo advierto una vez más: ¡deja de tontear con ella! ¡Qué intuición, señor Brévin! -ironiza Jean-. Y le gusta dar órdenes, además. El problema es que nadie le lleva el apunte.

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Brévin pone la contera

 del bastón en el pecho de Jean y replica: No me gusta tu jeta, ya te lo dije. Si te encuentro otra vez rondando a Nelly, te arrepentirás… Haga el favor de dejarlo marchar, señor Brévin –interviene Nelly-. No quiero complicaciones en mi establecimiento. Jean recuerda los consejos de Rouben y procura contenerse. Me voy, pero no porque lo diga usted, señorito de mierda. Brévin retira el bastón y, con la mano libre, le propina una bofetada. Cogido por sorpresa, Jean se tambalea. ¡Déjele salir, señor Brévin, o llamo a la policía!, advierte Nelly, demasiado tarde.

Jean coge a Brevin por las solapas del abrigo y lo zarandea como a un monigote. Tus bravatas guárdalas para tus matones, chuloputas, malnacido –dice–. ¡Y jamás vuelvas a ponerme la mano encima, cabrón! Anda, ¡largo de aquí! Brévin se inclina despacio y recoge el sombrero y el bastón, que han caído al suelo. Llevo una pistola, podría dejarte seco en este instante, advierte, mirando a Jean con ira. ¿Tú? Deberías verte en un espejo, ¡estás que te cagas de miedo! Brévin gana la puerta y la abre, despacio. Eres hombre muerto, patán –exclama, recuperando su altanería-. No dirás que no te advertí! ¡Fuera de una vez, payaso!, exclama Jean. Luego, se aproxima a Nelly, la abraza. Está visto que sirvo sólo para traerte problemas, dice, a modo de disculpa.

Quai des brumes ventana¿Cómo ibas a saber que Brévin estaba aquí? -responde Nelly. Y añade, con premura-: debes irte en seguida, Jean. Podría regresar con alguno de sus hombres, o denunciarte. Recuerda que aún no tienes los papeles en regla… Jean inclina la cabeza, resignado. Nelly tiene razón. ¿Esta noche, en Chez Rouben?  Allí estaré, Jean, querido, pero márchate ya, por favor… Se besan, en una reacción tan natural como imprevista.

No vuelvas por aquí, ni vayas a ver a Nelly –recomienda Rouben- Carette te procurará un sitio, hasta que tengas la documentación.  ¡Ahora debo esconderme, como una rata, por culpa de ese miserable! Brévin podría echarlo todo a perder, Jean, ¿te das cuenta? Vamos, anímate. Al destino hay que ponerle cara de perro rabioso, como si le dijeras a mí no te atrevas a joderme. Julien tuvo peor suerte, tenlo siempre en cuenta. Perdona, Rouben; por momentos, me parece que todo es un espejismo, que no llegaré a ninguna parte. Y me domina el miedo, como cuando murió Julien. Tú no eres Julien, afortunadamente. No hay dos vidas iguales, ni dos muertes iguales, Jean…

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Marcel Carné, Michelle Morgan y Jean Gabin durante el rodaje

¿Quedó bien, eh? Paul Aronde, nacido en Montpellier –por cierto, una vez estuve allí-, comerciante… Ah, necesito un anillo, el mejor que tengas, para una chica de primera. Anillos, colgantes, relojes, míralos y elige, Jean.

Este, me gusta este. Buen ojo, es de los caros. Jean busca su cartera, pero Carette hace ademán de detenerle. Has pagado una buena suma por tus papeles, Jean –dice-. Además, Nelly y tú me caéis simpáticos: quédatelo como recuerdo. No es forma de hacer negocios, Carette, ¿dónde irás a parar? Clientela no me falta, Jean; en cambio, los amigos no tienen precio…

¿Quieres ver a un hombre nuevo? ¡El pasaporte! Precisamente, Nelly. En dos días, soltaré amarras y diré adiós a mi antigua vida… ¿Y yo? ¿Seré parte de la nueva? Si no te importa vivir con un fantasma… Para mí, serás siempre Jean, aunque tus papeles digan otra cosa. Tampoco yo me llamo Nelly, por cierto: en el correccional, elegíamos nombres de las revistas de moda y jugábamos a ser otras. Ninon, Marielle, Chantal… Nelly me pareció muy chic… ¿Y cómo te llamas, en realidad? Te lo diré cuando estemos lejos de aquí, de la niebla, de esta lluvia interminable, y me pidas que sea tu mujer… Dame tus manos, Nelly. Tómalas, son tuyas, soy tuya… A tu llegada, habrá alguien, muy parecido a mí, aguardándote, te lo prometo. Te preguntará si eres nueva en la ciudad, y si buscas alojamiento. Paul Aronde, a su servicio, dirá. Ve con él, no te decepcionará… Quiero quedarme contigo esta noche, Jean; sería la primera vez que estemos más de una hora juntos, sin escondernos, a solas… Está bien, pero ahora debes marcharte…

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El hombre que sigue los pasos a Jean informa a Brévin que Nelly y ese tipo siguen viéndose. ¡Furcia asquerosa! – exclama Brévin- ¿Has averiguado algo más? El tipo en cuestión pernocta en el Hotel du Nord, aunque su nombre no figura en el registro. Bueno, vamos a terminar esto de una vez, dice Brévin.

No me mires, debo de estar horrible –murmura Nelly, aún soñolienta. Jean se arrima al calor de su cuerpo.- ¿Aún estás dispuesto a arriesgarte? –pregunta,  en broma- Vivirías más tranquilo solo, sin ataduras… Ahora soy un hombre libre, es cierto, pero la libertad, si no podemos regalársela a alguien, sirve de muy poco –responde Jean-. El miedo al compromiso es propio de egoístas y de cobardes, y yo no soy ni una cosa ni la otra… Te enviaré el dinero para el pasaje, además… Noticias demasiado buenas, tan temprano -sonríe Nelly, desperezándose- ¿Qué día es hoy? Un día distinto, un día nuevo –enfatiza Jean-. Y ni tú ni yo somos los mismos que ayer, Nelly, ahora estamos juntos. Guardaré el anillo en un lugar seguro; cuando sea tu esposa, lo llevaré todos los días. Entre nosotros,  te llamaré siempre Jean, ¿de acuerdo?. Y yo, mi ángel de este puerto triste, hasta que me digas tu verdadero nombre… Bésame una vez más, Jean…

el muelle de las brumas 1Una callejuela estrecha y húmeda, con garajes y portones cerrados, a derecha e izquierda, conduce al embarcadero. La niebla no se ha levantado del todo. Hoy tampoco saldrá el sol –piensa Jean-; claro, estamos en El Havre. Lleva un abrigo grueso, sombrero, y una maleta. Un coche avanza despacio y se aproxima a él, por detrás. Jean se apercibe de su sigilosa presencia, pero antes de que pueda volverse, suenan tres disparos. Jean cae de bruces, como si lo hubieran empujado, la mano aún aferrada a la maleta. El coche continúa su lenta marcha, dobla a la derecha  y desaparece de la vista.

Algo más tarde, un estibador encuentra  el cadáver de Jean. A lo lejos, se escucha la sirena de un barco que se hace a la mar.  

Quai des brumes (1938) – Primera parte

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El realizador francés Marcel Carné

Jean bebe de un tirón. Venías seco… por dentro, bromea Rouben. Cinco días de viaje – dice Jean-. Resultó cómodo solo al final… Dormirás arriba, una habitación tranquila. ¿Cómo agradecértelo? ¡Ni siquiera me conoces! Me basta con que Julien y tú hayáis sido amigos… Vengo sin avisar, en plena noche, y te traigo malas noticias… Déjalo ya. Al menos no sufrió, tu amigo  -insiste Jean, desconsolado-. Allá abajo morir es cosa de un segundo, el tiempo que le toma alojarse en tu cerebro a la bala que te está destinada. Si aquel día le tocó a Julien, ¿por qué no a mí, en cualquier otro momento? Sentí que no tenía derecho a seguir con vida… Esa misma noche, desaparecí del campamento, ¿le encuentras algún sentido? Algunos disfrutan haciéndose ese tipo de preguntas; yo, no -replica Rouben-. En cierta ocasión, Julien me dijo, Jean, amigo mío, ¡si pudiéramos encontrar nuestra vida antes de perderla! No le des más vueltas y vete a descansar… Lo siento, Rouben, era mi amigo. Y mío, antes de que os conociérais… Entiendo.

Con esta ropa cambiarás de aspecto, incluso podrás salir a dar una vuelta sin levantar sospechas… ¿A quién se lo debo? Lo trajo Pierrot, que trafica con todo lo imaginable, pero, por el momento, no debes nada a nadie. Si alguna prenda no es de tu talla, te la cambiará. ¡Vaya tío, ese Pierrot! Incluso hay un sombrero, pareceré un burgués… Los papeles tardarán unos días, Jean, te haces cargo, ¿no? ¡Faltaría más! Un pasaporte no se compra en el primer estanco que te sale al paso. Tú lo has dicho. La cosa depende de Carette, el especialista en la materia. Ya, ya. Me basta con que ponga que soy francés… Jean decide dar un corto paseo. Se cala el sombrero, se sube las solapas y camina de prisa, las manos en los bolsillos, a causa del frío. Claro, esto no es el Sahara, piensa.

platdesbrumesbLos clientes de Chez Rouben tienen algo en común, cualquiera que sea su lugar de procedencia. Hablan poco, no se relacionan, excepto un grupito de  parroquianos,  que juega a las cartas todas las tardes. Nelly, la muchacha de ojos claros, también es huraña y reservada. Pasa el tiempo mirando el embarcadero a través del ventanal, delante de un vaso de vino que Rouben le pone delante, sin preguntar. Vive en la ciudad, en casa de un pariente, propietario de una papelería. No parece necesitar compañía; más bien da la impresión de evitarla: al fin y al cabo,  Chez Rouben es un lugar para solitarios. A Jean le apetece mostrarse cordial, porque su nuevo aspecto le infunde confianza; nadie vería en él a un desertor. ¿Eres amiga de Rouben?, pregunta. Un poco, como los demás, responde ella, mirándolo fugazmente.  Puedes llamarme Jean. Yo soy Nelly. Bonito nombre… y bonita cara. Gracias. Si molesto, me retiro. No, tranquilo, Jean. Ya me iba. Te acompaño un trecho, si te parece. ¿Vienes del sur? Digamos que sí… Echarás de menos el sol, entonces. Aquí, el tiempo es más bien monótono, ¿verdad? Ya lo ves, de gris a lluvioso y, al otro día, vuelta a empezar. Nelly se detiene en la parada del autobús. Gracias por la compañía, Jean. Está bien. Hasta la vista, Nelly.

quai-des-brumes-1938-08-g¿Cómo va todo?, inquiere Rouben. Me siento a gusto, con este camuflaje. Y pasear con Nelly, ¿también te agrada? Os vi, cuando salíais. En general, me siento bien junto a una mujer… Y eso que, de jovencito, era muy tímido -responde Jean-. En las colonias, saber que podías morir en cualquier momento, te hacía pensar en ellas, desearlas: árabes, europeas, orientales, tanto daba. Abrazarlas era como aferrarse a la vida… ¿Viste qué ojos tan bonitos tiene Nelly? ¡Hombre, lo primero!

Nelly y Jean pasean a lo largo del embarcadero. Cuando un barco se hace a la mar, tengo la sensación de contemplar a un prisionero liberado de sus cadenas, rumbo a su libertad, dice Jean. Pronto estarás a bordo de uno y el recuerdo del Havre te lo borrará la niebla. Él asiente. Un tal Carette se encargará de la documentación. ¿Amigo de Rouben? Por supuesto, no conozco a nadie más aquí. Y a Rouben, ¿lo conocías? Me habló de él un compañero de armas, Julien Derode: cuando esto termine, nos iremos a Bretaña, me decía. Un día, se le acabó la suerte. Lo abatieron los insurgentes, en una emboscada, ni siquiera fue posible recuperar su cuerpo… ¡Qué triste!  A propósito, tiene buena impresión de ti. Me conoce casi desde que llegué -responde ella-. Inspira confianza, me agrada. El otro día nos vio juntos y le pareció buena idea que nos hiciéramos amigos. Los amigos son necesarios, Jean, quizá por eso son difíciles de encontrar.  El amor, la amistad, Nelly, hacen que sientas como si nunca fuera a ocurrirte nada malo: tienes por qué vivir, para quien vivir. Si de pronto esa seguridad se esfuma, te sobreviene el pánico. Huir representaba poner mi cabeza a precio; quedarme, perderla el día menos pensado… Sé lo que significa sentirse acorralado -dice Nelly-  Una chica sin historia, como yo, qué puede saber, pensarás… De ninguna manera, cada quien tiene sus cosas.

quai_des_brumes cartelNo conocí a mi madre  - prosigue ella-; mi padre era un delincuente de poca monta. Le retiraron mi custodia. Luego de fugarme un montón de veces de un colegio para chicas sin recursos, fui a dar a un correccional. Allí vino a buscarme Bernard, un pariente lejano de mamá. Me preguntó si no me importaba vivir en un lugar como El Havre, figúrate, ¡para elegir estaba yo! El día que vi mi habitación, la tienda, la calle, por la que casi no pasaba nadie,  lloré de alegría. Era como empezar de nuevo. Nunca se lo agradeceré bastante… Me da igual si al final me quedo yo en la tienda, a vender papel de carta y tarjetas postales… Mereces algo mejor, Nelly,  una   segunda oportunidad, como yo… Dentro de poco, te marcharás. Debes pensar ante todo en ti, en tu vida. No pienso resignarme al destino, como había hecho hasta que Julien murió,  te lo aseguro: un hombre no es un animal de matadero. Bernard, mi tío, cree que no es bueno esperar demasiado de la vida… Los que son como nosotros, Nelly, tal vez no deberían hacerse muchas ilusiones,  estoy de acuerdo.  Dios nunca se compadece de los perdedores. ¿Lo crees, de verdad? A lo sumo, les da ocasión de conocerse, incluso de entablar amistad o de llegar a amarse, si se da el caso… Si no podemos esperar ni la misericordia divina, ¿qué sentido tiene sufrir, esforzarse por realizar nuestras aspiraciones? JA Julien le sobraban motivos para vivir y ya lo ves: acabó devorado por los chacales, sin derecho ni siquiera a una fosa común… No sé si Dios está de nuestra parte, Nelly; lo seguro es que tenemos al destino en contra, como al viento del desierto, cuando viene de cara…

CocheUn coche estaciona a corta distancia. ¡Nelly!, llama una voz atiplada e imperativa. Nelly no se vuelve. Un hombre bien trajeado se aproxima a ella y la coge del brazo. Te buscaba, dice. Jean se aparta discretamente y observa la escena. No recuerdo haberle dado cita, señor Brévin, replica Nelly. El sujeto que conducía el vehículo también se acerca. ¿Crees que voy a ir todo el tiempo detrás de ti? ¡Puedo tener todas las mujeres que quiero, entérate!, exclama Brévin. Y a mí, ¿qué me cuenta?, responde Nelly, con una sonrisa forzada. Podrías ponerte medias de seda y usar cubiertos de plata, niña estúpida –prosigue Brévin-, pero prefieres ir a lo de Rouben… y andar con tipos como éste… ¡Déjeme en paz, imbécil!

Jean arroja la colilla que tenía en la mano y se encara a Brévin. ¿Habla usted de mí?  Sin mirarlo, éste se dirige a Nelly: Y este patán, ¿de qué me conoce? Horace, ¿tú lo viste alguna vez? Su compinche niega con la  cabeza,  atento a los movimientos de Jean. Ya veo, tienes miedo de hablarme cara a cara, insiste Jean.  Tienes suerte, patán, hoy llevo prisa… Pero no se te ocurra volver a cruzarte en mi camino…  Ambos sujetos retornan  al coche, cierran de un portazo y arrancan en seguida. Jean aún tiene los puños apretados. ¿Quién diablos…? Maurice Brévin, un tipo que debería estar entre rejas, pero compra todo y a todos con su dinero –informa Nelly-. No debiste provocarlo, es peligroso. ¿Iba a permitir que te trate como a una fulana y que, encima, me insulte? Hace tiempo que me ronda, como si yo no supiera la clase de tipo que es… Cree que me acuesto con todos y que paso de él, y monta estos numeritos. Es un mal tipo, Jean, y va siempre acompañado por algún guardaespaldas. Para dar una paliza a todo el que le planta cara, seguramente -razona Jean-. ¡Pues vaya amigos que te gastas! Me ofendes,  Jean. Perdona, a lo mejor es que también yo estoy celoso.

 

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