Seis postales literarias

1

Personaje secundario de cierta novela decimonónica que pocos recuerdan haber leído, cobra vida en la página 67: profesor de Bellas Artes, autor de un libro de poemas que alcanzó cierta difusión, discreto, puntilloso… y secretamente enamorado de mademoiselle De Galais, la heroína de la historia. A causa de esta pasión que lo consume, frecuenta veladas literarias, reuniones sociales (contradiciendo sus hábitos, nada mundanos) únicamente por verla y conversar con ella el mayor tiempo posible. Mlle. De Galais intuye sus sentimientos y –si bien no puede corresponderlos-, recompensa su sacrificada constancia prodigándole un trato exquisito.

Cincuenta páginas más adelante, el autor lo envía a Rouen, como docente en una academia que ha contratado sus servicios. Pese a carecer de fortuna y pedigrí, ha hecho algunas amistades en el círculo de Mlle. De Galais, que le desean suerte en su nuevo destino. Por su parte, al despedirse, ésta le obsequia un pañuelito de seda (el profesor lo había visto muchas veces) que llevaba siempre junto a su pecho.

Alain Fournier

Lejos de la vista de su amada, Rouen se le antoja un auténtico destierro.

No sale casi nunca, excepto para impartir sus lecciones; la mayor parte del tiempo, languidece entre las cuatro paredes de su habitación, o deambula, en horas de la noche, por los cafés para noctámbulos.

Algunos meses después, su salud le obliga a realizar una consulta médica. Le diagnostican una enfermedad incurable.

Cuando se aproxima el final de su vida, junto a una nota de adiós, envía a Mlle. De Galais un cuaderno de versos, que empezó a escribir el día en que la vio por primera vez.

2

Albertine Sarrazin

Cambiaste tus sucias prisiones,

Sus grises muros,

Por un otoño de bulevares iluminados y promesas cumplidas.

Breve dicha la tuya, Albertine:

la vida no supo corresponder al inmenso amor que sentías por ella,

y se fue muy pronto de tu lado.

Todo terminó una tarde de julio, en un hospital de Montpellier.

Ya no volverías a contemplar el pequeño cielo de tu prisión,

soñando con la huida,

ni a pasear tu precaria libertad por las calles de Montmartre.

Morir en verano quizá fue un modo de decir que nunca te irías del todo, Albertine,

¡pequeña vagabunda de ojos moriscos, nombre proustiano y sonrisa enamorada!

(A la memoria de Albertine Sarrazin).

3

Un cendal de niebla pende del silencio, como el raído telón de un viejo teatro de maravillas.

El árbol de los sueños es ya, tan sólo, un tronco sin vida, repleto de horribles cicatrices.

Sumido en la penumbra y el olvido, pienso, con angustiosa certidumbre:

Nadie me devolverá, convertido en oro, el polvo gris de mis años desperdiciados.

4

Fijadas a la pared de mi habitación, formando un bello caos reconfortante, puede verse imágenes de bailarinas de ballet, famosos escritores, un batallón de soldados marcando el paso, impecablemente, muchachas risueñas, saludando con la mano, banderas en las torres, ondeando al viento… Y paisajes de lejanos países, que nunca he visitado.

En la estantería, música (Beethoven, en especial) y numerosas novelas.

Sobre el escritorio, páginas manuscritas, llenas de tachaduras y enmiendas: un relato que no consigo terminar.

5

Por la ventana, abierta de par en par,

como blanca pincelada sobre un fondo azul cobalto,

una vela a lo lejos:

el frágil navío de los sueños.

6

Óleos de santos y mártires,

delirios barrocos que pesan como la muerte.

La silueta de un transeúnte, difuminada por la niebla.

Un jardín que da al ocaso:

escenario de privilegio para contemplar el fin del mundo.

Prosa del caminante (2)

4

Nuestros sueños de juventud se asemejan a un espacioso castillo, magnífico y deslumbrante (por fuera y por dentro).

Sin embargo, el paso de los años agrieta sus muros, deja su huella polvorienta en pasillos y escalinatas, y sume en penumbra y silencio sus amplias estancias, vacías. Y los espejos, inmutables testigos de esa decadencia, de esa ruina, reflejan con brutal fidelidad nuestro rostro horrorizado.

5

Si alguien no consiguió, al menos una vez, saciar su sed y, en lugar de los colores de la primavera, encontró arbustos secos, árboles sin flores ni frutos, y caminos solitarios… ¿Qué palabras podrían testimoniar apropiadamente la magnitud de su desconsuelo?

6

Uno de los círculos del Infierno (que Dante olvidó describir), está destinado a los irredentos, a los fracasados, a quienes no bastó una sola vida para colmar sus aspiraciones y murieron luego en un afrentoso e inmerecido anonimato. Porque toda vida irrealizada es un surco vacío, una promesa incumplida, una cosecha malograda por las inclemencias del destino. Un cadáver sin rostro en el fondo de un barranco.

7

En el fondo, nuestra vida es comparable a una estrella fugaz, o al precario brillo de una luciérnaga, que se desvanece en la oscuridad. Y los hombres, en conjunto, a un rebaño desorientado que se apretuja temerosamente y avanza sin rumbo preciso, mientras la noche, inexorable, cierra una detrás de otra las pálidas celosías del crepúsculo.

La muerte encierra en sí misma su propia verdad, su naturaleza de hecho objetivo e incontestable, que desdeña toda ilusoria pretensión de un más allá.

8

De tarde en tarde, la Historia tiene la cortesía de redimir a los espíritus nobles (humillados e incomprendidos a lo largo de sus vidas), adjudicándoles el mérito de haber proyectado un rayo de luz en la mazmorra del oscurantismo y la ignorancia en la que su destino les condenó a vivir.

9

Antaño, me mortificaba una persistente certeza: presente/futuro y yo, en medio, debatiéndome, como una presa en el cepo. Me llevó mucho tiempo percatarme de que, en realidad, existíamos solo el cepo y yo. Y que había sido así, desde el principio.

10

En mis “días grises”, me domina la sensación de estar obligado a subsistir (debido a mi propia naturaleza) en época y lugar inadecuados, como un anacronismo viviente, o un error de cálculo.

¿Puede reprochársele apatía o desinterés a quienes sucumben al efecto del vino adormecedor de la resignación, a la calma imperturbable de la derrota definitiva?

11

Dios condena a los pecadores a convertirse en una llama viva y crepitante, que arde de pies a cabeza, por toda la eternidad, como una zarza maldita.

Las almas buenas, en cambio, van al Paraíso, donde mueren de frío y aburrimiento.

12

Si en tu lucha por la vida decides emplear las mismas armas de los “triunfadores”, tarde o temprano, te convertirás en uno de ellos. En el fondo, imponerse a los demás no es una cuestión de estrategia, sino de pura y simple Ética.

13

Con las primeras luces del alba, mis malos sueños huyen en bandada, como murciélagos amedrentados.

14

Los místicos insisten en que cada uno  debe encontrar su propia verdad dentro de sí mismo. Es como pedirle a un  ciego que aprenda a ver.

15

¿Esperanza? ¿Fe? ¿Vida Eterna?

Me siento tan fatigado que recorrería el camino de la salvación únicamente si tuviese que hacerlo cuesta abajo.

 

Prosa del caminante (1)

El alumbramiento del día es distinto al de la vida humana.

En el amanecer de la naturaleza, todo es suave y paulatino; unos colores se superponen tranquilamente a otros, desplazándolos con gentileza, luego se extienden y definen y, por fin, lo envuelven todo en una firme claridad poblada de armoniosos murmullos.

El hombre, en cambio, nace entre lágrimas y sangre, gemidos y estertores, y el sufrimiento de aquellos interminables momentos, para la madre, es apenas un primer eslabón en la cadena de quebrantos que se sucederán en el curso de la vida del que acaba de nacer.

Pero el hombre viene al mundo para hablar de la alborada.

La muerte yace bajo la piel de la vida. Cuanto más próxima la sentimos, más intensamente deseamos continuar viviendo, con la inútil pretensión de ignorar que llevamos dentro el germen de nuestra propia destrucción, agazapado, como fiera al acecho, del primer al ultimo día de nuestra existencia.

Y hablamos de eternidad!

La tierra se agrieta y florece. Las lágrimas brotan y luego desaparecen. Las sonrisas retornan al polvo y los amores entierran a los amores.

La oscuridad y el silencio descienden del cielo, con inexorable puntualidad, en el atardecer de cada uno de nuestros días. Nos habitan únicamente los recuerdos, amables fantasmas que reposan en el lecho de nuestra memoria.

Únicamente el Tiempo es eterno, porque estamos hechos de tiempo, siempre presente y nunca igual a sí mismo.

Todo se desliza hacia su propia extinción, excepto el propio Tiempo, pues su extraña naturaleza consiste en transcurrir interminablemente mientras exista una sola criatura con vida, cuyo destino sea –ni más, ni menos—pasar y morir. Y continuar después siendo, pese a que entonces ya no exista nadie que pretenda medirlo ni calcularlo, un Tiempo mayúsculo, absoluto, sin horas, ni meses, ni años, ni criaturas a quienes desesperar y someter. Un Tiempo absoluto sin el Hombre que le tenga por referencia. Un Tiempo gratuito, inmenso y derrochado, como el propio universo. Un tiempo –ahora sí—inconmensurable, cuya suma total equivale a la Nada.

(De Jardín Umbrío, 1994)

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