Las propuestas de un viajero al atardecer

Gaby Vallejo Canedo

 

Viajeros-del-atardecer-Teixido-[tapa]Con el título Viajeros al atardecer, Raúl Teixido, escritor boliviano residente en Barcelona, publica en Bolivia en Plural Editores 2014, un breve libro. La bellísima portada del libro, una fotografía de Alfonso Gumucio Dagron, induce a pensar en el atardecer, entre torres de iglesias difusas en la niebla y en contraste, casi negro total, en el agua, los navegantes   y los puentes situados en un primer plano, como elementos vinculados con “los viajes”.

Raúl Teixidó, es un escritor de una decena de libros de narrativa publicados en Bolivia, Los habitantes del alba, A la orilla de los viejos días, Neón y terciopelo entre otros. En este libro asume el propósito muy personal, ser casi tres escritores, en tres narraciones completamente distintas en tono, en estilo y estructura.

La primera titulada “Malos presagios” se apropia completamente del estilo dialogal. El cuento redondo es la conversación entre un maestro universitario y un policía, en un lenguaje cuidado, académico, con informaciones y opiniones. Los conversadores abarcan varios temas: el tiempo real, el tiempo mental, las ambiciones y la falta de escrúpulos en los políticos, la vida como una universidad, las lecturas posibles de la historia, la impostura de las democracias, etc.

sombrasAparece en el diálogo, escritores, ya sea para refrendar una expresión y como para iniciar un temática: Máximo Gorki, Saint Exupéry, Cesar Pavese, Makarenko. La cátedra, la vida profesional, estudiantil, son otros temas que estimulan la charla.

En esta rica conversación no existen acotaciones que introduzcan datos del lugar, las circunstancias, la época, el ambiente, algo externo que complemente el diálogo. No se describe a los protagonistas, ni sus actitudes.

No sucede nada, o tal vez sucede que ambos, a medida que se desarrolla la conversación, se sienten capaces de enriquecer los temas de la conversación cada uno a su modo. Se produce el descubrimiento del otro, la admiración por el otro. Cada uno, se explaya en un discurso bien construido, repleto de comentarios, críticas, opiniones. Cuando se despiden queda la certidumbre de “la delicia del hablar”.

Sombra-de-la-alcoba-Leonarda-Guinzburg-by-Yé-Yé-for-Tony-Cantero-Suárez.jpgEn la segunda narración “London UK, 1985” percibimos un salto. Se trata inicialmente de la etnografía de una zona de prostíbulos de Londres. Los detalles son recogidos con un verdadero detenimiento de un investigador, un estudioso de las calles, cafés, plazas, personas, actitudes. El protagonista, un joven estudiante latino, becado en Londres, para estudiar inglés y literatura, se encuentra metido en una zona de prostíbulos.

El relato se desarrolla desde la primera persona, un estudiante, que es quien cuenta, quien rememora muchos años después.

En aquellas “jaulas de lujo” donde las stripers realizan acrobacias sexuales para los “enfebrecidos” visitantes circunstanciales, el protagonista establece una relación casi imposible con una striper. La ingenuidad y honestidad del joven estudiante intrigan a la mujer. Ella, al percibir una actitud novedosa en el joven, tan distinta a la que está acostumbrada, se muestra condescendiente y agradable. Esta relación dura un cierto tiempo. Es la constatación de que es posible destapar los buenos sentimientos en las personas de los bajos mundos. Sólo que Vicky, la mujer, tiene que vivir y usar su cuerpo para sobrevivir y la relación del “chiquillo” y la mujer mayor debe llegar a su fin.

Algunos pasajes nos recuerdan a la Maga de Rayuela. Vicky tiene la sensibilidad de la mujer sencilla frente a los discursos del joven filósofo e inquisidor. La inocencia intelectual, la admiración de Vicky por el pensamiento y la palabra del “chiquillo” están acompañadas al mismo tiempo por la mujer – sexo y placer.

Tal vez el alejamiento definitivo, de acuerdo mutuo, que se da al final, hace crecer dolorosamente al joven, o le enseña la realidad. Se retira de la zona, de la mujer, con la sensación de pérdida, de vacío, al “oscuro fondo de mi propia nada”, en palabras del protagonista.

Como vemos esta narración usa otras estrategias narrativas. Después de los registros   etnográficos, el narrador se detiene en contar, en primera persona, las aventuras iniciáticas de su juventud de estudiante que finaliza con el aprendizaje de la fría realidad.

sombra-1.jpgLa tercera narración “35º, a la sombra”, es un encuentro con un lenguaje jurídico, ya que se trata de los sucesos que protagoniza un joven abogado que debe cumplir con el “año de provincia” para tener el título nacional de abogacía. La narración ofrece una serie de retratos de los pobladores más importantes y típicos del pueblo: el juez, el cura, el dueño del restaurante, el poderoso comerciante, un asesino extranjero desde el protagonista que registra el qué hacer de la vida de provincia con que se enfrenta.

La relación que el protagonista establece con el cura, está vinculada con la literatura y la lectura. Escritores del existencialismo cristiano, como Grahan Green, Bernanos, Mauriac, Paul Claudel ocupan momentos de la conversación.

El caso del asesinado de una mujer italiana por el esposo que de pronto, se sabe traicionado y la obligación que tiene el protagonista de conseguir las declaraciones del asesino, como su abogado de oficio, muestra un narrador de garra. Escenas fuertes, impresionantes, en un estilo duro distancian del narrador culto y moderado de los otros relatos del libro.

Por otro lado, el relato acentúa la descripción de la infidelidad y del trato claramente abusivo y machista del gerente de la compañía petrolera, que seduce y después rechaza a la italiana. El autor ha descrito de cuerpo entero a muchos varones que se creen con el derecho de usar impunemente a las mujeres debido al poder y dinero que tienen. Las expresiones del gerente son clave para entender ese mundo machista, instituido por siglos. Las escenas, por su fuerza, son tan contundentes, que son un alegato a favor de la mujer, sin expresar absolutamente que lo son.

Después del encuentro con el pueblo, el protagonista retorna a los sucesos cotidianos de su vida anterior. En ella, al amor sin altibajos, tranquilo, perfecto en proporción del estilo de ser del abogado narrador. Un amor que lima, acoge, un amor limpio. Un detalle sugestivo: la mujer protagonista del relato se llama también Virginia como en el cuento anterior.

El contenido, las situaciones, la dimensión de los personajes y la estructura de “35º, a la sombra” son más complejos que las narraciones anteriores, por lo que parece más bien una novela corta.

Los tres relatos de este libro, con estilos, tonos y estructuras totalmente distintos, muestran, algo así como el desafío de un escritor maduro, de probarse -como dijimos al principio – como tres escritores distintos.

La literatura como necesidad vital

Martín Zelaya Sánchez

Con Raúl Teixidó nos conocimos a inicios de este mes (∗), algunas semanas después de haber hecho esta entrevista.

La anterior frase, como tantas otras que se emplean hoy en conversaciones cotidianas, aunque no tiene neologismos ni tecnicismos, no sería comprensible, no tendría sentido, hace tan sólo un par de décadas, cuando la ausencia de internet nos alejaba y separaba irremediablemente al capricho de las distancias.

Alfonso-Gumucio+Wilmer-Urrelo+Martin-Zelaya+Mariano-Baptista+Raul-Teixido

Raúl Teixidó (a la derecha), junto a Mariano Baptista Gumucio, Wilmer Urrelo, Martín Zelaya y Alfonso Gumucio Dagron

El intercambio de correos electrónicos me permitió entrevistarlo, pero no conocer el tono de voz, el carácter y la impronta de Raúl, su entretenida conversación -llena de referencias a autores, libros y películas-, detalles con los que finalmente pude familiarizarme hace un par de sábados en una amena tertulia junto a Alfonso Gumucio Dagron, Wilmer Urrelo, Mariano Baptista Gumucio y Beatriz Rossells, amables anfitriones los dos últimos, y ella dilecta amiga de Raúl desde sus buenos tiempos de lectores voraces en su natal Sucre.

Raúl Teixidó y su otro yo

Raúl Teixidó y su otro yo

“Me considero un ‘escritor introspectivo’, como decían antaño los profesores de literatura. El ‘universo interior’ es mi territorio de caza”, comenta Raúl desde un cibercafé en Catalunya -pues la charla en La Paz además de lecturas y bibliotecas, giró en torno a la muerte de Pando, el fusilamiento de Jáuregui y la insólita historia de Apolonia, temas que hace mucho apasionan a Baptista y Urrelo… pero ése es tema de otra ocasión.

A sus setenta y pocos años Teixidó aprendió apenas a usar internet, no disfruta de leer sino en libros de papel – no reniega de los ebook pero no los emplea- y no tiene smartphones, tablets u otros aparatos de última generación. Es, y así se entiende a los minutos de entablar diálogo, un caballero de los de antes, que no anticuado, pues es un hombre de mundo, de amplio bagaje, numerosos viajes y, sobre todo, incontables y variadas lecturas, lo que se aprecia nada más hojear su prosa.

 ¿Cómo describe en sus propias palabras la experiencia literaria en general y la suya, específicamente?

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El escritor francés Saint-Exupéry

Una cita de Antoine de Saint-Exupéry (uno de mis autores “de cabecera”) aclarará mucho las cosas. “No soy un escritor profesional. Sólo puedo escribir sobre aquello que conozco y he vivido”. Salvando las distancias, esos términos se ajustan exactamente a mi caso. Es decir, mi obra es una rigurosa proyección de mi personalidad, con el aporte de la experiencia que todos, en mayor o menor medida, hemos adquirido a lo largo de los años. Mi labor literaria es resultado de una necesidad vital, no se ajusta a plazos establecidos ni a “requisitos” de ninguna naturaleza, como ocurre con la literatura comercial. Escribo sólo si experimento la necesidad de hacerlo.

¿Y a qué responde esa necesidad? ¿Qué es lo que busca, lo que persigue en su literatura? 

No me interesa, en absoluto, la técnica y el oficio (a veces, notables) de los autores comerciales, cuyo mayor objetivo es “atrapar” al lector a través de la historia que desarrollan; una actividad perfectamente lícita, dicho sea de paso.  Sin embargo, como escritor, experimento, ante todo, la necesidad de “contar” una historia y luego lo hago de la mejor manera posible. De algún modo, podríamos decir que, en mi caso, ocurre a la inversa: es la historia la que “atrapa” al autor.

 Entiendo que es un amante del cine. ¿Cómo influyen el lenguaje y el concepto cinematográfico general en su modo de escribir?

cinefiloEn el fondo, mi relación con el cine es una auténtica love story (me remito a mi libro autobiográfico A la orilla de los viejos días). Mi ilusión, desde los 16 años, fue estudiar cine. Pocos lo sabían. Manifestarlo abiertamente en Sucre, a comienzos de los 60, hubiera ocasionado que muchos me tomaran por alienígena, o algo peor. Me resigné, pues, a considerarme un cineasta frustrado. Por fortuna para mí, la Literatura (con mayúscula) vino a socorrerme, como un hada buena. De hecho, algunos de mis relatos son, en el fondo, otras tantas películas que me hubiera gustado realizar: “Heroína”, “Un romance de ayer”, “El secreto de la esfinge”…  Tal como apunta Alfonso Gumucio, con perspicacia de consumado lector, en algunos de mis relatos, la “acción” está dividida en secuencias. Incluso son perceptibles (recordemos que Alfonso es cineasta) sutiles “fundidos” en el paso de una a otra (en el texto aparecen separadas del párrafo precedente por un doble espacio entre líneas).

Para terminar el breve cuestionario, no pude evitar una pregunta casi de manual, casi inevitable.  ¿Qué apreciaciones tiene sobre la literatura boliviana actual? ¿Qué libros y autores destaca? 

He leído novelas de Edmundo Paz Soldán y de Gonzalo Lema. Me parecen excelentes narradores. Sé que hay unos cuantos más y creo que eso es bueno para nuestras letras. Les deseo lo mejor.

Viajeros-del-atardecer-Teixido-[tapa]Ah, y finalmente, el objetivo de la entrevista por email era hablar de Viajeros del atardecer (Plural, 2015) su nuevo libro de cuentos que presentó en abril en La Paz y otras ciudades del país y que motivó, seguramente con otros asuntos, su momentáneo retorno, después de mucho tiempo.  El título de su libro remite a dos ejes temáticos; viaje: desplazamiento, inercia y atardecer: tiempo final, momento de la verdad. ¿Puede esto, de alguna manera, describir la esencia de sus relatos? ¿Hay un hilo conductor común que relacione estos conceptos, o a cualquier otro?

Parafraseando el título de una obra del dramaturgo Eugene O’Neill, creo que la vida es un viaje (no demasiado largo) de un día hacia la noche.
Mi primer libro de relatos fue Los habitantes del alba (1969). Obviamente, aludía a los personajes que aparecían en ellos, fruto de aquella temprana época creativa. Consecuentemente -y por razones “cronológicas”- mi obra más reciente (integrada por tres relatos, lo mismo que la antes mencionada) se titula Viajeros del atardecer. Independientemente de la edad, profesión o condición social de los protagonistas, éstos son, ante todo, producto del “otoño” de mi labor creativa. Los conceptos expresados en su pregunta: viaje, inercia, desplazamiento, atardecer -en sentido figurado-, tiempo final y momento de la verdad, en mi caso, están indisolublemente ligados a mi experiencia vital y literaria.

∗ Esta entrevista fue publicada originalmente en el suplemente Letra Siete del diario Página Siete (La Paz, Bolivia), en fecha 23 de mayo de 2015.

Escribo, luego soy

1.

Crear personajes imaginarios, enfrentarlos a dilemas y contratiempos, al tormento de la duda, a la luz de la certeza, a mil formas de muerte, es la manera que tienen los auténticos escritores de librar su particular combate con el adversario. En este sentido, ¿hasta qué punto puede afirmarse que un relato o una novela son solo ficción?

Espejo roto2.

Mirarse al espejo y reconocer, fundidas en una sola imagen, al verdugo y a la víctima…

3.

La prudencia aconseja tener cuidado con lo que deseamos, ya que nuestras propias decisiones pueden ser las que, a la postre, entierren nuestras esperanzas. Diríase, pues, que disponemos de solamente dos opciones viables: ver pasar los trenes o lanzarnos, un día, al paso de cualquiera de ellos.

4.

Si llegamos a asumir nuestras equivocaciones demasiado tarde, solo dispondremos del tiempo necesario para componer un bonito epitafio.

Old_book_bindings.jpg5.

Sin retórica ni sentimiento de superioridad, desdeñé sistemáticamente los condicionamientos de la llamada “vida real”, persuadido de que esa actitud no me afectaría en el futuro. Cuando las consecuencias de ésta empezaron a multiplicarse, me sentí “traicionado”. Tagore escribió en alguna oportunidad (cito de memoria) que leemos mal en el libro de la vida y decimos luego que el mundo nos engaña… En mi caso, ¿era posible recuperar al menos una parte de cuanto me privó mi solemne indiferencia hacia las “pequeñas cosas”? ¿Lograr que, al final del trayecto, me reconfortara algo más que la memoria de mi solitaria aventura?

6.

Compartir: verbo ajeno al desgaste del tiempo y a los convencionalismos, estrechamente relacionado con el “secreto de la felicidad” que todos ambicionamos descubrir un día.

7.

Vivir sin tener conciencia del milagro en el que estamos inmersos: risas fáciles, pesares llevaderos, satisfacciones convencionales, optimismo crónico. Vulgaridad, en suma. (“Bienaventurados los imbéciles” afirmó, con razón, Giovanni Papini). Llevar una existencia auténtica, en cambio, consiste en ser y no solo en parecer. Algo así como saber en todo momento quién eres y lo que pretendes.

8.

El deber ineludible de todo “perdedor” (concepto infamante forjado en la ultracompetitiva sociedad norteamericana) consiste en no aceptar jamás su pretendida derrota, y no suscitar la compasión y el desprecio de su entorno, que le mirará como a un apestado. El amor propio es el único recurso de que dispone para fortalecer su autoestima y llevar la cabeza alta, para sorpresa y desengaño de sus “amigos”, que se regocijan cuando alguno de sus vecinos o compañeros de trabajo acaba en el cubo de la basura.

desengano9.

En términos generales, la vida ha consistido, para mí, en un viaje desde el romanticismo más exacerbado de mi juventud hasta el desengaño teñido de perplejidad de mis años de madurez. La ética personal y la razón no parecen haber bastado para llegar adonde me proponía. ¿Omití algún requisito indispensable a lo largo del camino, que podría haberme garantizado el éxito? ¿O simplemente me senté a la mesa de juego, como hacen todos, y me tocaron las peores cartas?

10.

“Ya no vivo de veras. Me siento como el reflejo de un hombre en el agua”  -Jules Renard (Diarios).

The end

Raúl Teixidó, sucrense de nacimiento

por Luis Ríos Quiroga

El sucrense de nacimiento alimenta su carácter con las características propias de la tierra natal: sentimentalismo romántico y ensoñador; respeto y culto al pasado; amor, de la elegancia; la fertilidad del ingenio para la tomadura de pelo, la ironía, el apodo, la sátira.

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Raúl Teixidó y Luis Ríos Quiroga

Estas cualidades se manifiestan en la idiosincrasia del sucrense y principalmente en la literatura y en las artes.

Raúl Teixidó, sucrense de nacimiento, en nuestro entender, reflejó algunas de las cualidades antes citadas en su producción literaria temprana porque constituye un componente importante para la evaluación de la obra literaria de Raúl Teixidó.

La obra “primeriza” encuentra a un autor joven en el uso· pleno de la facultad creadora:

A los 22 años de edad se identifica cuentista de profunda subjetividad con “El Sueño del Pez”. Una excursión imaginativa a un submundo acuático, maravilloso. Todo parece tan objetivo, tan real , menos la circunstancia fundamental de la realidad. La trama se reduce a un tema inmerso en honda subjetividad que expresa a la vez el sentimentalismo romántico sucrense de honda subjetividad lindante con el ensueño.

El lector, con mayor accesibilidad temática, podrá apreciar a través del sentimentalismo romántico y ensoñador, las preocupaciones inesperadas y aspectos tan diversos en los tres relatos de “Los habitantes del Alba”.

Viajeros-del-atardecer-Teixido-[tapa]Trilogía novelesca inspirada en los valores humanos del amor, la esperanza y la amistad. Un tierno amor primero. La separación definitiva en el momento de la felicidad y finalmente la frustración individual por un egocentrismo personal. Historias de adolescencia y juventud, de dominio estilístico en lo escrito .

“Mundillo de trastienda” frase irónica y de apodo embalsamador para la tierra natal que Raúl Teixidó escribe en la obra “La puerta que da al camino” y en cuya contratapa y como en proyección cinematográfica ofrece visiones que aluden a la ciudad de Sucre. En un párrafo de lenguaje sencillo dice:

La puerta que da al camino evoca una serie de figuras y de situaciones vividas y observadas en la complicidad de una general servidumbre, la de la vida recoleta y obtusa en cualquier pequeña ciudad de un continente subdesarrollado. Mundillo de trastienda, de efímeros eventos, de anónimos heroísmos, a menudo mezquino y vulgar y en permanente estado de desperdicio vital: “destino inexorable” para las gentes que lo padecen en la ignorancia del verdadero nombre de su mal.

Inventario doméstico, ficción, devaneo, exorcismo, propuesta analítica, experimentación … o quién sabe si tan sólo material para una sociología del estancamiento, de cualquier modo este libro pertenece ya a los lectores, y en general a los hombres de mi país.

La carta publicada en La puerta que da al camino destinada a Carlos Lora Urcullo, tiene el encabezamiento siguiente: “Para Carlos Lora U., cómplice de ilusiones perdidas , con veinte años de amistad”.

Es una carta de despedida, cuando Raúl Teixidó, resuelve viajar a España dejando definitivamente la ciudad de Sucre. Carta colmada de vivencias compartidas con el amigo y dando a conocer en el recuerdo distintas perspectivas de la ciudad al logro de un propósito testimonial.

Finalmente me aventuro en opinar que en la obra inicial de Teixidó está inmerso su amor por el “terruño” incluyendo el “mundillo de trastienda” que a través de los matices del dramatismo popular son afirmaciones de vida. Una manera de vivir regional que sus protagonistas convierten en ética y que don Raúl Teixidó Pabón , sucrense de nacimiento, expresa en estética que es esencial y genérico a su obra literaria .

Sucre, abril de 2015

  Teixidó, cincuenta años después…

por Adolfo Cáceres Romero

Raúl Teixidó y su otro yo

Raúl Teixidó y su otro yo

Me refiero a cincuenta años después de “El sueño del pez”, relato con el que en 1965 Raúl Teixidó ganó el Premio Nacional de Cuento “Edmundo Camargo”, auspiciado por la Fundación del mismo nombre, en Cochabamba. Hecho que a la fecha implica un tránsito de 50 años en el ámbito cultural boliviano. Desde luego que también significa una celebración, sobre todo, para sus lectores, al considerar que el fructífero cause de sus pasos nos acaba de llegar con este prolijo Viajeros del atardecer (2014); teniendo en cuenta que en 1969, había partido con Los habitantes del alba, alertándonos con la presencia de un nuevo maestro en la novela corta boliviana, que se integraba a la tradición de Roberto Leitón, Jesús Urzagasti, René Bascopé Aspiazu, Jorge Suárez y Juan de Recacochea.

Excepcionalmente, Raúl Teixidó –en toda esa trayectoria de cincuenta años– se muestra parejo y fiel a su manera de fabular con los hechos de su entorno, con su profesión (abogado) y su vida. En los Habitantes del alba, se aprecia una frescura juvenil, sencilla, melancólica y profunda, no sólo en el retrato de sus personajes, sino en el diseño de sus diálogos, vivencias y ensoñaciones. Las dos partes que marcan el conjunto de sus obras, ya sean de creación o de estudio, mantienen una identidad en el desarrollo de su lenguaje, consolidando su estilo, tal como lo hicieran, en sus respectivos espacios, Chejov y Borges, por ejemplo, sin dejar de lado a otros narradores, como Gogol, Kafka o Hemingway, que indudablemente son sus grandes modelos.

Teixido | Neon y terciopelo [tapa]La primera parte de Texidó abarca su producción de 1965 a 1979, con las siguientes obras: “El sueño del pez” (1965), cuento; Los habitantes del alba (1969), relatos; El emisario (1992), novela escrita en 1970; La puerta que da al camino (1979), relatos; El humanismo socialista (1869), tesis para una época conflictiva; El minero en la novela boliviana (1970), estudio crítico; La vida redimida (1979), semblanzas de Chejov; Gorki y Mayakovski.

La segunda parte abarca las obras que publicó de 1994 al 2014, con los siguientes títulos: En la isla y otras narraciones (1991), cuentos; Jardín umbrío (1994), que contiene: “¿Todavía loco después de tantos años?” (1984), poemas y su relato “Memorias de la luz” (1992); A la orilla de los viejos día(1995), memorias; Vuelos migratorios (1997), relatos: Neón y terciopelo (2001), memoria urbana; Cuento de otoño (2006); Una travesía (2008), relato; y Autores y personajes (1993), compilación de reseñas literarias.

En Viajeros del atardecer, Teixidó ya es un hombre cargado de experiencias y de sabiduría. En sus tres relatos, nos conduce a la culminación de su singular periplo narrativo; desde luego más sólido y trabajado, por el constante oficio de generar historias, preferentemente en primera persona, ya sea fabulando o analizando lo que le ofrece la vida. Abre su libro con el siguiente epígrafe de Morgenstern: “Es parte de la persona que yo era antes, de la persona que soy y de la persona que seré”, como recordándonos que este tramo de 50 años implica la reafirmación de su identidad, en todo lo que es y hace.

Viajeros-del-atardecer-Teixido-[tapa]El primer relato con el que se abre este libro: “Malos presagios”, esencialmente es coloquial, entre un profesor y un padre de familia, que fue comisario y, en esa oportunidad, ambos rememoraban al hijo de este último, que era un brillante abogado, que diez años atrás fuera pupilo del profesor. La charla es animada y reminiscente, con reflexiones eruditas sobre pasajes de la historia, la cultura y, sobre todo, el nuevo orden político; entonces se hace inminente que, con el cambio de autoridades, el profesor puede ser afectado en su labor docente. En tal circunstancia, el tema de este cuento señala uno de los malos presagios que caracteriza los avatares de los servidores públicos, víctimas de la transición política de sus autoridades, en cualquier país, especialmente en el nuestro.

“London, UK 1985”, el segundo relato, de algún modo se hace divertido, siendo igualmente reminiscente de las experiencias docentes del autor; por cuanto, al ser beneficiado con una beca a Londres, para asistir a un seminario de lengua y literatura inglesa, con el objetivo de “ampliar y perfeccionar conocimientos y, al retorno, dictar clases de nivel superior”, encuentra a una muchacha que resulta ser el amor de su vida.

El relato va cobrando relieve, sobre todo con la textura intimista que adopta en la cotidianidad de los paseos del profesor, su visión del medio, hasta que se siente tentado por las strippers, cuyas provocativas fotos aparecían en un exhibidor luminoso, “ parecido al de los cines de barrio”. Tentado por el guardián de la puerta, el profesor ingresa al recinto farandulero de las strippers, quedando prendado de una de ellas, de nombre Vicky, que, “pese a no ser opulenta ni especialmente llamativa, lucía una admirable proporción de formas”; así surge una suerte de amor platónico, sui géneris en su desarrollo, cuyo final es mejor que sea descubierto por el lector.

Finalmente, “35 º a la sombra”, nos aproxima más a nuestro ámbito nacional, al situarse en un departamento amazónico, Moxenes, donde un joven egresado de Derecho cumple su año de provincia. Si bien la trama ha sido escrita con la acostumbrada lírica reminiscente, resalta el sufrimiento y el cambio de ambiente que afectan a su protagonista, cobrando un relieve violento a raíz de un inesperado crimen pasional, de corte shakesperiano; Otelo aparece en la figura de un yugoslavo, técnico petrolero; entonces, poco a poco el relato se constituye en una historia de expiación y culpa, que linda con una trama de corte policial, donde Teixidó nos muestra la versatilidad de su narrativa, sobre todo en la evocación de circunstancias emergentes de hechos pasionales y violentos que no forman parte de su temática habitual.

(Texto que leyó Adolfo Cáceres Romero durante la presentación de Viajeros del atardecer en Cochabamba, el jueves 23 de abril de 2015).

El enemigo interior (2)

6.

LaberintoParedes de hormigón. Iluminación cruda, uniforme. ¿Un enorme almacén, repleto de mercadería? Pasadizos, como los de un laberinto, gente que avanza a empellones, en procura de la salida. Su nerviosismo es contagioso. Me deslizo, arrimado a la pared. Un desconocido, que viene detrás, se aferra a mi brazo. Delgado, de rasgos toscos y expresión cómplice. Mi nombre es Spyros Mataxos, me llaman “el griego” –declara–. Sígame. Al despedirse, añade: Donde vaya, diga siempre que me conoce. No tendrá problemas.

No recuerdo cómo he ido a dar a un descampado. Por un sendero sin asfaltar, aparece un taxi. Hago una señal para que se detenga. No llevo pasajeros, se limita a decir el conductor, en un tono que no admite réplica. Soy amigo del señor Mataxos, digo, poniendo en práctica la recomendación del extraño que me sacó del atasco. Mis palabras producen el efecto de una contraseña. Durante el recorrido, el taxista no hace ningún comentario. Me abstengo de preguntarle a dónde nos dirigimos.

maletasEl viaje concluye en una plaza, con una pequeña fuente ornamental en el centro y numerosas tiendas en las calles que la delimitan. Entro en una de ellas, al azar (una ferretería). El dependiente me mira con indiferencia, como si adivinara que solo busco información. Soy amigo del señor Mataxos, vuelvo a decir. ¿Viene así, sin más? ¿Qué quiere decir? Me refiero al equipaje, responde. Al menos, llevará pasaporte. Se lo enseño. Dese prisa, entonces, aconseja. Embarcarán de un momento a otro. Salgo de prisa y camino a la zaga de un grupo de personas que portan raídas maletas de diferentes dimensiones. Un aviso de megafonía rasga el aire: Muelle 2. Todo el mundo a bordo. Zarpamos dentro de treinta minutos. La explanada se me antoja interminable. Llego agotado al pie de la escalerilla y la subo tan rápido como puedo. Me sorprende ver al capitán del barco, luciendo un impecable uniforme, de pie junto al revisor, como si aguardara a alguien importante. Ignorando mi lamentable aspecto, se dirige precisamente a mí, me da la bienvenida y estrecha mi mano. Indica al revisor que prosiga su tarea y me acompaña al sector de los camarotes de primera. Podrá asearse y cambiarse de ropa, puntualiza, sin dejar de sonreír. Debo de haberlo hecho, pues en seguida me encuentro asomado a la barandilla de la cubierta principal, mientras se ultiman los preparativos para zarpar. Contemplo un cielo sin nubes y me inunda una sensación de infinito alborozo.

7.

terremotoUna enorme grieta en la calzada, toneladas de escombros, una densa humareda y cadáveres que asoman entre restos calcinados. Todo sugiere que acaba de producirse un terremoto o una gran deflagración.

La muchacha que debía esperarme yace en el suelo. Sorteo toda clase de obstáculos para acudir en su auxilio. Tiene una gran herida en la frente y ha perdido una pierna. Intuye mi presencia y, con manifiesto esfuerzo, vuelve hacia mí su rostro surcado de lágrimas y con trazos de quemaduras. Su expresión se dulcifica. La abrazo desesperadamente, pidiéndole perdón por no haber llegado a tiempo. Su mirada se apaga por momentos, estoy seguro de que apenas distingue mis facciones. Murmura unas palabras en un idioma desconocido (en el sueño, las entiendo perfectamente), un flujo de sangre se escapa de sus labios entreabiertos. Mis esfuerzos por incorporarla son vanos, extemporáneos, porque acaba de morir. De súbito, alguien tira de mí, violentamente, y me arroja sobre la acera. ¡Si quiere suicidarse, vaya a otra parte!, me increpa. Es un guardia de tráfico y la proximidad de un tranvía le ha obligado a actuar sin miramientos. Varios peatones que han contemplado la escena me dirigen una mirada reprobatoria. Junto al semáforo, aguarda un hombre alto, vestido de negro, que lleva en la mano un maletín de oficinista. ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde está ella?, pregunto, desesperado. Su mirada es fría, casi hostil. ¿Qué esperaba?, dice, sin inmutarse. Si su vida no es feliz, tampoco pueden serlo sus sueños.

8.

relojLlevo un rato frente a la casa. A corta distancia, en la misma acera, hay un teatro. Todos los días, a las seis de la tarde, representan una obra titulada La cuarta pared. En el reparto figuran nombres de actores y actrices que he visto en algunas películas.

Retorno a la casa, me aproximo, llamo a la puerta. Una señora de mediana edad indaga amablemente el objeto de mi visita. Traigo un regalo de cumpleaños, digo. Me invita a entrar. Siéntese un momento, se lo ruego, dice. Y deposita el obsequio en una mesa amplia, en la que se ven paquetes de distintas dimensiones y ramos de flores. El envoltorio está algo estropeado, explico, el viaje fue muy largo… Ahora estará seguro, junto a los demás, ¿lo ve? Es un reloj, especifico. Quedará muy bien en la salita de estar o donde ella lo vea por conveniente… No revelo un detalle primordial: el joyero que me lo vendió, por indicación mía, grabó en una placa dorada, en finos y pulidos caracteres, unas palabras (en el fondo, una declaración de amor): “Para que todas tus horas sean también un poco mías. 4 de mayo, 1957”.

La señora me ofrece té y bizcochos. Entretanto, explica: En estos momentos, mi hija está rodando una película, no sé si lo sabía. Es la actriz principal. Todo el equipo llevaba casi una semana esperando que saliera el sol para filmar unas escenas al aire libre. Hoy hace bueno y deben aprovechar bien el tiempo, ¿comprende? Ha sido muy amable de su parte venir hasta aquí, manifiesta, a tiempo de despedirnos. Por favor, vuelva usted esta noche, estará ella y sus amigos de rodaje… Celebraremos una pequeña fiesta… Nada podía hacerme más feliz que esas palabras. ¡Esta noche por fin podré verla, esta misma noche!, pienso en mi camino de regreso, dando rienda suelta a mis impulsos de correr y saltar… El escenario que me rodea se difumina gradualmente. Muy a mi pesar, abro los ojos. La tenue luz de un amanecer de otoño se insinúa en la ventana.

Escribo, luego soy

  1.

escribir-mensaje subliminalPese a las reiteraciones (palabras, actos, ademanes), a la dominante sensación de dejà vu, no existen dos días iguales. No es un enunciado muy original, pero prosigo: a su modo, cada día es único, irrepetible. Y unos y otros se suceden casi imperceptiblemente y luego se van, arrastrándonos en su lento fluir. Llegados a un determinado punto de la vida, constatamos que nos debilitamos, que envejecemos. En el fondo, el tiempo y nosotros somos una misma cosa. Nuestra madurez, nuestra “sabiduría”, ya no son los instrumentos de que hubiéramos deseado disponer cuando aún podrían habernos sido de utilidad. La muerte, en casos así, se reduce al punto final de una malograda aventura.

    2.

Amigos de verdad, libros (si hemos escrito algunos), un gran amor (casi como el de las novelas decimonónicas), constituyen una garantía de “posteridad”, mientras aquellos que nos quisieron bien lamenten nuestra ausencia. Era culto, modesto e inteligente –dirán, tal vez–, y opinaba, como Pasternak, que uno de los placeres más auténticos de la vida era la conversación entre personas cultivadas.

    3.

A causa de el tiempo que nos erosiona y arrincona, como si fuésemos material desechable, me he convertido, irreversiblemente, en un habitante de la periferia. Desde mi personal y desangelado observatorio, vislumbro los límites de la ciudad, desdibujados por la bruma. Las cuatro paredes entre las que me muevo distan mucho de ser las de “una habitación en la cima del mundo”, de la que habla en una de sus canciones Tom Petty, el famoso rockero de Chicago.

    4.

hombre-solitarioLos sueños de futuro son las alas que nos permiten soportar una realidad mezquina, incluso agresiva, y nuestras fantasías nos saben a miel: corresponden a una etapa gratificante de nuestra existencia, pero no deben durar más de lo necesario. Las piezas sueltas han de ser ensambladas, nuestros proyectos, adquirir consistencia. Me cuesta aceptar que “jubilación” venga de “júbilo”, según leí en alguna parte, a menos que estemos jugando a ser irónicos. Un jubilado nunca hará del todo “lo que le plazca”, ni conseguirá dedicar su tiempo de ocio a lo que, de verdad, le ilusionaba. Para empezar, debe descartar ciertas actividades lúdicas, especialmente gratificantes (correr, nadar, irse de viaje, patearse calles y plazas de ciudades extranjeras, “desaparecer” en ellas, impregnándose de sensaciones inéditas, etc.) Llegado el momento de hacer aquello que aguardaba con tanto afán, sus deseos (y sus fuerzas) habrán menguado significativamente, al mismo tiempo que su energía espiritual. Incluso es posible que no se reconozca cuando se vea reflejado en el espejo y que sus incontables días de inactividad le incomoden, como una cuerda atada al cuello. Vivir y trabajar para mantener en forma cuerpo y mente, deberían ser instancias vitales susceptibles de empatía, de compaginación. Trabajar y sentirse vivo, por una parte, y por otra (más difícil todavía), sentirse vivo pese a tener que trabajar en algo para lo que se carece por completo de aptitudes y disposición. “Hago lo que me gusta y, encima, me pagan por ello”: son pocos los afortunados que pueden suscribir esta envidiable aseveración.

     5.

“Tercera edad” es un comedido eufemismo, destinado a que nadie se sienta incómodo de formar parte de ese penoso colectivo. En el fondo, su situación es asimilable a una especie de apartheid, considerado –por añadidura– una etapa natural y lógica de la existencia humana, bendecida por lo que se llama “consenso social”. Lo cierto es que (por lo que a mí respecta), a partir de los 60 empecé a experimentar la incómoda sensación de encontrarme en un permanente off side, agravado por la arrogancia (o la indiferencia) de cuantos venían detrás, de que me iba diluyendo como un carámbano al calor del sol de primavera, sin que nadie reparara en ello. Quizá mi próximo libro se titule Memorias de un hombre invisible.

      6.

En cierta ocasiónsolitario-en-un-cafe, un hombre se aproximó a pedirme unas monedas para un café. Su aspecto era austero y su mirada traslucía una recóndita dignidad. Le invité a sentarse y desayunamos juntos. Por discreción, no formulamos preguntas de orden personal. Antes de marcharse, correspondiendo a mi gentileza (lo dijo así), recitó un poema de Bertolt Brecht. Mientras se alejaba, pensé: “Bajo cualquier tiempo y circunstancia, los solitarios sabemos reconocernos”.

      7.

Un mar infinitamente azul y una blanca vela en lontananza: a lo largo de mi vida he soñado muchas veces con ese mar y esa vela a lo lejos. ¿Se trató de un sueño, solamente, o de una señal del destino que no supe interpretar?

 

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